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Claudia Andrea Rodríguez Bubis

Claudia Andrea R.

  • Psicólogo

Experiencia: 

30 años

Idioma: 

ES

Certificados: 

4

Solicitó: 

María Laura Facio María Laura Facio

  • Consultas
  • Sobre el psicólogo
  • Educación
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  • Artículos 3
¿En qué puedo ayudar?

Trabajo con niños, jóvenes, adultos y adultos mayores.

Acompaño procesos vinculados a:

angustia y malestar emocional

momentos de crisis o cambios vitales

dificultades vinculares y familiares

procesos de autonomía y construcción subjetiva

situaciones relacionadas con discapacidad y neurodivergencias

En muchos casos, trabajo de manera articulada con equipos interdisciplinarios (psicopedagogía, terapia ocupacional, fonoaudiología), entendiendo la importancia del abordaje en red.

Ejerzo mi práctica con perspectiva de género y una mirada inclusiva de la salud mental, acompañando a personas neurodivergentes y promoviendo espacios terapéuticos respetuosos de las diversas formas de ser y estar.

Atiendo de manera presencial en consultorios de la Ciudad de Buenos Aires y Florida (Vicente López), y también de forma virtual, modalidad que ha demostrado ser eficaz y valiosa para personas que viven en el interior del país o en el exterior.

Enfoques y métodos en los que trabajo:

Mi práctica se sostiene en una premisa fundamental: cada malestar es único y merece ser escuchado fuera de las categorías generales. No propongo soluciones estandarizadas ni recetas de bienestar inmediato, ya que entiendo que los procesos psíquicos requieren un tiempo que es propio de cada persona.

Mi trabajo consiste en ofrecer un marco de seguridad y una escucha rigurosa para que quien consulta pueda poner en palabras aquello que hoy se manifiesta como síntoma, angustia o repetición. Se trata de un espacio para interrogar la propia historia, identificar los hilos que nos atan a mandatos ajenos y abrir la posibilidad de una posición diferente frente a la vida.

Oriento mi ejercicio al abordaje de los vínculos, y las crisis de identidad, temas sobre los que investigo, y escribo regularmente, aquí en el Blog de Terappio, podes leer alguno de mis artículos.

Atiendo de manera presencial en consultorio y también de forma virtual.

La terapia conmigo se construye de manera gradual, respetando los tiempos y la singularidad de cada persona. El espacio se sostiene en la escucha, la confianza y el cuidado del vínculo, entendiendo que no hay procesos iguales ni respuestas encriptadas.

Trabajo desde el diálogo, la palabra y la reflexión compartida, acompañando a que cada quien pueda poner en palabras su malestar, comprenderlo y encontrar modos más propios de estar consigo y con los otros.

El encuadre es claro y flexible a la vez, y se va ajustando según las necesidades del proceso.

La psicoterapia me ha enseñado, una y otra vez, el valor del vínculo humano.

A lo largo de los años confirmé que el espacio terapéutico, sostenido en la confianza y la escucha, puede convertirse en un lugar de resignificación, alivio y crecimiento.

El encuentro con cada paciente me recuerda que no se trata de aplicar respuestas automáticas, sino de construir, junto a otro, un espacio seguro donde la palabra pueda desplegarse y algo nuevo sea posible.

La clínica sigue transformándome, me vuelve más atenta y más comprometida con el cuidado del otro.

un encuentro verdadero, que entusiasma y abre caminos.

Soy licenciada en psicóloga, recibida en UBA. Universidad de Buenos Aires, Facultad de Psicología. Fui docente en la UBA. Actualmente trabajo en salud y educación pública. Formación psicoanalítica y TCC

Licenciado
Superintendencia de Servicios de Salud
17-09-2024 – 17-09-2029
Licenciado
Ministerio de Salud de La Nación
13/10/1997–02/05/2030

Mi formación profesional es diversa, y es el ejercicio profesional activo y constante lo que me continúa formando.

Ministerio de Salud y Acción Social, Secretaría de Políticas de Salud y Regulación Sanitaria
Psicóloga
13 OCT 1997
Universidad de Buenos Aires, Facultad de Psicologia
Licenciatura en Micologia
7 de julio de 1997
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¡Pero! Este especialista, al igual que todos los demás en terappio.com, ha sido cuidadosamente verificado por nuestro equipo y aceptado en la comunidad 😌

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Artículos del psicólogo
3
El dolor de sentirse prescindible
Claudia Andrea R.
07.01.2026
El dolor de sentirse prescindible

<p>En el consultorio se presenta una mujer de 75 años. Es abuela de dos nietos, que actualmente transitan los inicios de su vida adulta y en otro tiempo, ella fue pilar en sus crianzas. El motivo de consulta es una sensación de orfandad, se siente "fuera de la familia", habitando una soledad que describe como una pérdida de esperanza y motivación, su lugar en el mundo se ha ido desdibujando.</p><p>Relata que antes la llamaban por teléfono, la consultaban, en cambio ahora sus mensajes tardan en ser respondidos o se pierden en el ruido cotidiano. Ve que sus nietos están online, pero no le responden. En su experiencia subjetiva, el silencio del otro es leído como un rechazo existencial, como una exclusión deliberada. Sin embargo, al ampliar la escena, aparece una familia que la visita semanalmente, que acepta y genera encuentros, cenas y convocan su presencia, por ejemplo en estas fiestas, en nochebuena, navidad, fin de año y año nuevo. La realidad vincular no es la del abandono objetivo, pero la vivencia insiste: <i>“Ya no soy parte”</i>.</p><p>Clínicamente, observamos aquí el resquebrajamiento de una trama que durante décadas organizó su vida. Hoy sus hijos y nietos se expanden hacia sus propias vitalidades, mientras ella queda sola, con su tiempo y sus silencios. La soledad no nace en el comportamiento de los nietos, ellos actúan como el espejo que revela una falta preexistente.</p><p>En este contexto, el vínculo se carga de una expectativa imposible de colmar. La paciente insiste escribiéndoles a diario, en un intento desesperado por confirmar su pertenencia. Pero esa insistencia produce un efecto paradojal: cuanto más necesita asegurarse un lugar, más pesado se vuelve el lazo para los otros. Hay casos en que las personas no huyen del afecto, sino de la obligación de ser el único soporte vital de un tercero.</p><p>A esto se suma la dificultad de alojarse en el presente. Su discurso aparece anclado en un mundo que ya no existe y, desde allí, juzga el tiempo actual como superficial o vacío. Esta posición, a veces rígida, se estructura como una defensa: intentar proteger una identidad que siente amenazada frente a la velocidad de una cultura familiar que no la comprende.</p><p>Existe una asimetría central que debemos interrogar: los nietos, jóvenes en expansión, no pueden ocupar el lugar de sostén emocional total que ella requiere. Cuando un vínculo se vuelve el único refugio, deja de ser un lazo para transformarse en una condición de existencia. Así, cualquier silencio, demora o falta, adquiere un peso devastador.</p><p>Este padecimiento no es puramente intrapsíquico, está atravesado por lo social. Vivimos en sociedades que exaltan la juventud, la productividad, la inmediatez, dejando a quienes transitan la vejez en las márgenes de lo invisible. La paciente no solo lidia con el silencio de su familia, sino con un mensaje social que le devuelve una imagen de inutilidad.</p><p>El trabajo terapéutico, entonces, no consiste en convencerla de que "la quieren", ni en pedirle que "baje sus expectativas". Se trata de un movimiento más delicado: acompañarla a distinguir entre el amor y la disponibilidad constante, entre la autonomía del otro y el sentimiento de rechazo personal. Y, fundamentalmente, abrir una pregunta: ¿Qué queda de su vida, cuando el otro no responde? Y si responde ¿Cuánto dura el efecto de satisfacción?</p><p>Lo que duele no es sólo la falta de respuesta, sino no tener un mundo propio al cual volver cuando el otro calla. La herida que se activa es la de sentirse prescindible. El desafío clínico no es que los otros llamen más, sino que ella pueda construir otros apoyos y sentidos que no dependan exclusivamente del reconocimiento familiar.</p><p>Al final del camino, nos queda un interrogante que nos trasciende: ¿Cómo habitar una etapa de la vida en la que el mundo exterior parece acelerarse mientras el propio tiempo invita a la pausa? El desafío no es encontrar culpables en el vínculo, sino abrir un espacio donde esa nueva forma de soledad pueda ser nombrada, alojada y, eventualmente, transformada en una nueva forma de presencia.</p>

El desafío de maternar.
Claudia Andrea R.
28.12.2025
El desafío de maternar.

<h2>&nbsp;</h2><p>En la clínica, es frecuente el encuentro con madres que llegan al consultorio habitando un estado de derrumbe subjetivo. No se trata simplemente del cansancio acumulado por la crianza, sino de un agotamiento moral y psíquico. Se presentan atravesadas por el impacto de diagnósticos que, si bien intentan nombrar un malestar, muchas veces terminan por cristalizar el conflicto vincular, dejando a la madre en una posición de intemperie.</p><p>Recientemente, una paciente trae al consultorio, la angustia de convivir con su hija de 13 años, diagnosticada con<i> Trastorno Oposicionista Desafiante (TOD)</i>. Su relato, marcado por la urgencia y el llanto, describía una cotidianidad transformada en un territorio de pura hostilidad: negativas sistemáticas, provocaciones que desarticulan cualquier intento de palabra y una sensación de rechazo que parece no dar tregua. En este escenario, la maternidad, lejos de ser ese lugar de investidura y sostén, aparece fragmentada por la impotencia.</p><p>Esta madre no presenta quejas o enojo hacia la adolescente; llega rota, desarmada. Su interrogante principal no apunta al síntoma de la hija, sino interpelando a su propia función o estructura: <i>“¿Dónde fallé?”</i>. Aquí, la responsabilidad se vive como un peso absoluto que obtura la posibilidad de pensamiento. Cuando el comportamiento del hijo se vuelve una oposición constante, el diagnóstico deja de ser una categoría clínica para convertirse en una herida abierta en el narcisismo materno.</p><p><i>El diagnóstico como espejo y como muro</i></p><p>El llamado Trastorno Oposicionista Desafiante suele ser recibido por los padres como una sentencia sobre su eficacia. En la adolescencia, donde la construcción de la identidad requiere necesariamente de una cuota de oposición a las figuras de autoridad, el diagnóstico de TOD extrema esta tensión. Para la madre, es sumamente complejo no leer el desafío como un rechazo personal o un ataque a su amor. El síntoma del hijo es capturado por la subjetividad materna, y metabolizado como un fracaso propio.</p><p>En este punto, es vital intervenir sobre el ideal de la "madre omnipotente". La cultura insiste en una maternidad capaz de resolverlo todo mediante la presencia y el afecto incondicional, una premisa que, frente a la patología o la disrupción conductual, se vuelve una trampa. El cuerpo y la mente de la madre quedan en el centro de un fuego cruzado: es ella quien siente que “no alcanza”, quien no logra descifrar el código para desactivar el conflicto.</p><p>Sin embargo, la clínica nos enseña que el desafío no es necesariamente un mensaje de odio hacia la madre. Muchas veces es la manifestación —desorganizada y dolorosa— de un sujeto que no encuentra otros recursos para lidiar con su propio malestar, sus impulsos o sus límites. La oposición es un grito que, aunque dirigido a la madre, habla del mundo interno del hijo.</p><p><i>El duelo necesario y la restitución del lugar</i></p><p>Maternar en estas condiciones exige un proceso de duelo doble: el de la "hija imaginada" (aquella que aceptaba el lazo con armonía) y el de la propia "omnipotencia materna". Aceptar que existen zonas del padecimiento del hijo que escapan a la voluntad o al amor de la madre no es una renuncia; es un acto de salud. Es la condición necesaria para dejar de ser el "blanco" del síntoma y empezar a ser una observadora capaz de acompañar.</p><p>Este movimiento clínico implica, fundamentalmente, rescatar la posición de la mujer allí donde la madre ha quedado capturada por el conflic<i>to</i><strong>.</strong> A menudo, el síntoma del hijo es tan voraz que termina por sepultar la identidad de la mujer, reduciéndola exclusivamente a su función de cuidado. Recuperar un espacio propio —un deseo, un proyecto o un interés que no pase por la maternidad— no es un acto de egoísmo, sino una intervención necesaria. Al devolverle a la mujer su soberanía, le quitamos al síntoma del hijo el poder absoluto de devastarla. Se trata de recordarle a la paciente que, aunque el vínculo hoy sea un campo de batalla, su existencia no empieza ni termina en ese conflicto.</p><p><i>Una mirada clínica</i></p><p>El trabajo terapéutico no busca únicamente "corregir" las conductas disruptivas, sino permitir que la madre deponga la carga de ser la única garante del bienestar de su hija. Al alivianar la responsabilidad absoluta, se abre un espacio para restituir algo del lazo que no esté mediado exclusivamente por la sensación de derrota.</p><p>La consulta psicológica ofrece ese lugar de resguardo donde la maternidad herida puede ser nombrada y alojada, permitiendo que la madre no se pierda a sí misma en el intento de sostener un vínculo que duele.</p><p><i>Para seguir pensando:</i> ¿Cómo es posible sostener el lugar de madre, cuando el vínculo se vive como un rechazo constante, sin que esto devaste la identidad de quien materna?</p><p>&nbsp;&nbsp;</p>

Cuando la madre no accede a la culpa
Claudia Andrea R.
26.12.2025
Cuando la madre no accede a la culpa

<p>En la clínica contemporánea aparecen con frecuencia consultas atravesadas por un malestar que no se limita al presente inmediato. Personas adultas que, aun habiendo construido una vida propia, continúan cargando con un peso vincular que no termina de ceder. En muchos casos, ese peso está ligado a la figura materna y a formas de agresividad que se mantienen activas a lo largo del tiempo.</p><p>Ayer, en el consultorio, una paciente de 53 años traía el peso persistente de su madre de 80. La describía como una mujer agresiva, cerrada a toda autocrítica, incapaz de registrar culpa. No se trataba de episodios aislados, sino de un modo de estar en el vínculo: palabras que hieren, gestos descalificadores, una certeza inquebrantable de estar siempre del lado de la razón.</p><p>Solemos creer que el paso del tiempo —o la vejez— apacigua los conflictos. Sin embargo, en la clínica escuchamos cómo ciertas figuras maternas continúan “reinando” en la vida psíquica de sus hijos incluso décadas después. Madres que ya no ocupan un lugar central en la vida cotidiana, pero que conservan un poder decisivo en el mundo interno de quienes fueron sus hijos.</p><p>¿Qué ocurre cuando una madre no puede reconocer una falla?</p><p>Existen estructuras subjetivas que no acceden a la culpa no por fortaleza, sino porque reconocer el daño causado las desarmaría. En estos casos, la agresividad funciona como una defensa: una manera de no pensarse a sí mismas, de no interrogar su propia posición. La falta de culpa no es entonces un rasgo moral, sino una imposibilidad psíquica.</p><p>Para quien queda del otro lado del vínculo, esta dinámica suele ser profundamente desgastante. Muchas hijas e hijos permanecen años intentando explicarse, justificarse, esperando una palabra distinta, un reconocimiento, un pedido de perdón que repare algo del daño vivido. Esa espera, sostenida en el tiempo, suele convertirse en una fuente constante de sufrimiento.</p><p>Comprender esta dimensión estructural puede convertirse en una llave clínica fundamental. No se trata de justificar ni de absolver a la madre, sino de introducir una distinción necesaria: no toda agresión proviene de la maldad; muchas veces es efecto de un límite psíquico. Diferenciar decisión moral de imposibilidad estructural permite, en algunos casos, aliviar la expectativa —tan persistente como dolorosa— de que “algún día va a entender”.</p><p>El trabajo analítico apunta, entonces, a desarmar la fantasía de reparación. No porque el daño no haya existido, sino porque aquello que se espera del otro no está disponible. Permanecer en la espera de una respuesta que no llega suele mantener a la hija (en esta viñeta) en una posición de sometimiento, aun cuando en la realidad sea una adulta autónoma.</p><p>Retirarse psíquicamente no implica cortar el vínculo ni desentenderse de la realidad, sino dejar de esperar algo que nunca estuvo allí. Es un movimiento interno, silencioso, pero decisivo. Allí donde antes reinaba la expectativa de cambio del otro, puede comenzar a construirse una soberanía propia.</p><p>En los procesos terapéuticos, el alivio no proviene de que el otro cambie, sino de que el sujeto pueda modificar su posición frente a aquello que no depende de él. Poder nombrar lo vivido, darle un estatuto y reconocer los límites del otro suele abrir un margen nuevo de libertad subjetiva. No una libertad ideal ni definitiva, sino posible: la de dejar de organizar la propia vida en función de una espera que no encuentra respuesta.</p><p>Cabe pensar que en el trabajo terapéutico, poder poner palabras allí donde durante años hubo silencio o confusión suele producir un primer alivio. No porque el pasado se borre, sino porque deja de operar de manera muda. Darle un lugar simbólico a lo vivido permite que el sufrimiento no siga organizando, de manera invisible, las decisiones del presente.</p><p>Una pregunta para pensar:</p><p>¿Sentís que mandatos maternos —o la espera de una reparación— siguen gobernando tus decisiones hoy?</p>

Preguntas y respuestas

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