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Joao Andrés  Cedeño L.

Joao Andrés C.

  • Psicoterapeuta
  • Psicólogo clínico
  • Supervisor

Experiencia: 

5 años

Idioma: 

ES

Certificados: 

5

Solicitó: 

Maria Elena Ruiz Maria Elena Ruiz

Distrito: 

La Puntilla

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No trabajo con:
Niños en edad preescolar
¿En qué puedo ayudar?

Es recomendable contactarme cuando este atravasando dificultades emocionales persistentes, consumo problemático de sustancias o problemas en la regulación de sus emociones y conductas, especialmente si siente que ha intentado controlar o evitar su malestar sin lograr cambios sostenidos. Trabajo con adolescentes y adultos que presentan consumo de alcohol y otras sustancias (incluido policonsumo), procesos de dependencia y recaídas, depresión leve a severa, desmotivación, sensación de vacío, ansiedad, rumiación constante, miedo al fracaso, dificultades en el control de impulsos, conflictos interpersonales y problemas de adaptación a normas o límites. También acompaño a personas con trastorno bipolar y sintomatología psicótica, tanto en contextos ambulatorios como hospitalarios, así como a quienes se sienten estancados, desconectados de sus valores o con dificultad para tomar decisiones coherentes con la vida que desean construir. Mi abordaje se fundamenta en la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT) y la Teoría de los Marcos Relacionales, con énfasis en el desarrollo de la flexibilidad psicológica, el fortalecimiento del vínculo terapéutico, la psicoeducación, el análisis funcional y la prevención de recaídas. Ofrezco un acompañamiento claro, cercano y práctico, orientado a ayudar a la persona a relacionarse de manera diferente con su malestar y avanzar hacia una vida con mayor sentido y coherencia personal.

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Dirección Guayaquil, Avenida los Arcos, 335

Distrito La Puntilla

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Como persona y como especialista me caracterizo por un estilo cercano, claro y respetuoso, priorizando la construcción de un vínculo terapéutico seguro donde la persona se sienta escuchada, validada y acompañada sin juicios. Concibo el proceso terapéutico como un espacio humano y colaborativo, en el que el malestar no se ve como un defecto a eliminar, sino como una experiencia comprensible dentro de la historia y el contexto de cada persona. Mantengo una actitud empática, firme y coherente, combinando sensibilidad clínica con estructura y claridad en los objetivos del proceso.

Mi enfoque profesional se basa en la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT), sustentada en el contextualismo funcional y la Teoría de los Marcos Relacionales, lo que me permite trabajar no solo sobre los síntomas, sino sobre la forma en que la persona se relaciona con sus pensamientos, emociones y conductas. El eje del trabajo está en desarrollar flexibilidad psicológica, ayudando a reducir la evitación experiencial, clarificar valores personales y promover acciones comprometidas que aporten sentido a la vida, incluso en presencia de malestar.

Cuento con experiencia en contextos ambulatorios y hospitalarios, especialmente en el abordaje de trastornos del estado de ánimo, consumo problemático de sustancias, impulsividad y cuadros psicóticos, integrando psicoeducación, análisis funcional y estrategias prácticas adaptadas a cada caso. Mi manera de trabajar busca equilibrio entre profundidad y sencillez: explico los procesos psicológicos de forma comprensible, acompaño el ritmo de cada persona y enfoco la intervención en cambios concretos y sostenibles. Mi objetivo es que el paciente no solo alivie su malestar, sino que aprenda herramientas útiles para construir una vida más coherente con sus valores y con mayor autonomía psicológica.

La vida consite en estar presente con intencion, abrirnos a las experiencias y hacer lo que importa.

Graduado de licenciado en Psicología en la Universidad de Guyaquil.

Estudiante de Maestría en Psicología clínica con mención en psicoterapia en la Universidad de Especialidades Espíritu Santo UEES.

Bachiller
Universidad de Guayaquil
2021

Diplomado internacional en prevención e intervención psicoterapéutica en drogodependencias y otras conductas adictivas.

Diplomado internacional en intervención psicológica en trastornos de la infancia y adolescencia.

Certificación en supervisión clinica en intervenciones de salud mental.

Certificación en psicoterapia en casos de violencia.

Certificación en acompañamiento en la diversidad sexual y de género.

Certificación en abordaje terapéutico con ACT.

Organización Panamericana de la Salud
Curso Virtual de Autoaprendizaje: Supervisión Clínica en Intervenciones de Salud Mental
16 de marzo de 2024, Número de horas - 25
Enfoque
CURSO INTERNACIONAL DE "ACOMPAÑAMIENTO PSICOLÓGICO EN LA DIVERSIDAD SEXUAL Y DE GÉNERO"
27 de agosto de 2023 - 29 de agosto de 2023, Número de horas - 20
GEEMA Consultoría y Asesoramiento Psicológico / Mentor P&M
Psicoterapia en casos de violencia
27 de septiembre al 11 de octubre de 2021, Número de horas - 40
Enfoque
DIPLOMADO INTERNACIONAL EN INTERVENCIÓN PSICOLÓGICA EN TRASTORNOS EN LA INFANCIA Y ADOLESCENCIA
17 de Junio al 2 de Septiembre de 2023, Número de horas - 200
Enfoque
DIPLOMADO INTERNACIONAL EN PREVENCIÓN E INTERVENCIÓN PSICOTERAPÉUTICA EN DROGODEPENDENCIA Y OTRAS CONDUCTAS ADICTIVAS
16 de Julio al 23 de Octubre de 2022, Número de horas - 200
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Artículos del psicólogo
1
Cascadas de riesgo y conducta antisocial en la adolescencia
Joao Andrés C.
30.12.2025
Cascadas de riesgo y conducta antisocial en la adolescencia

<p><strong>Resumen:</strong></p><p>El aumento de la violencia estructural y del reclutamiento delictivo de adolescentes en contextos latinoamericanos exige revisar los modelos explicativos tradicionales de la conducta antisocial. El presente artículo analiza este fenómeno desde un enfoque multinivel, integrando aportes de la psicopatología del desarrollo y la neurociencia afectiva. A partir del modelo de cascadas del desarrollo de Cicchetti, se examina cómo la inmadurez del control afectivo —asociada a la asincronía en la conectividad amígdala-corteza prefrontal— interactúa con factores sociales como la indisponibilidad parental, el estrés laboral y la violencia sistémica. Se argumenta que la conducta antisocial adolescente no constituye una expresión de maldad innata, sino una estrategia desadaptativa de regulación emocional ante la ausencia de andamiaje externo suficiente. Finalmente, se discuten implicaciones clínicas orientadas a intervenciones que integren el trabajo individual, familiar y contextual.</p><p><strong>Introducción</strong></p><p>La realidad ecuatoriana actual está marcada por un incremento alarmante de violencia estructural y un fenómeno preocupante de reclutamiento delictivo de menores. Esta coyuntura nos invita imperativamente a repensar los modelos explicativos de la conducta antisocial. En la práctica clínica y social, ya no basta con mirar al adolescente como un individuo aislado que toma decisiones erróneas por simple voluntad, o reducir su comportamiento a la etiqueta coloquial de que "está en la edad del burro". Es necesario trascender el sentido común para comprender la curva del desarrollo que lo hace intrínsecamente vulnerable.</p><p>La adolescencia es un periodo de neuroplasticidad crítica donde convergen cambios biológicos masivos, sobre todo a nivel neural, con demandas sociales complejas que dictan lo que se espera de un adolescente en nuestro contexto. Cuando este proceso ocurre en un torbellino de cuidados inconsistentes y negligencias forzadas, exacerbado por jornadas laborales que invisibilizan la crianza, el riesgo de desviación se multiplica exponencialmente.</p><p>El presente ensayo aborda la regulación emocional en adolescentes y su relación con conductas antisociales bajo la óptica de la Teoría Multinivel de la Psicopatología del Desarrollo de Dante Cicchetti. Esta perspectiva permite desmenuzar cómo la dinámica entre la maduración neurobiológica, específicamente la conectividad amígdala-prefrontal, y el contexto social, definido por la disponibilidad parental y el estrés tóxico, puede derivar en trayectorias desadaptativas.</p><p>El propósito central de este trabajo es argumentar que la conducta antisocial en el adolescente ecuatoriano no es un evento fortuito ni una manifestación de maldad innata, sino el resultado de una "cascada de riesgos". Se plantea que fallan los mecanismos de control afectivo, los cuales se ven debilitados desde la infancia por la falta de andamiaje. Se sostendrá que esta falla biológica es, en gran medida, una respuesta adaptativa (aunque patológica a largo plazo) a un entorno que no proporciona la corregulación externa necesaria en edades tempranas, repercutiendo severamente en la capacidad de inhibición conductual en etapas posteriores.</p><p><strong>La Arquitectura Multinivel de la Conducta Antisocial</strong></p><p>Para comprender la etiología de las conductas antisociales en el contexto ecuatoriano actual, es insuficiente intentar explicar el fenómeno desde teorías monocausales o deterministas. La Teoría de la Psicopatología del Desarrollo, y específicamente el modelo multinivel propuesto por Dante Cicchetti, ofrece un lente integrador que examina la interacción dinámica y transaccional entre los sistemas biológicos, psicológicos y sociales (Cicchetti, 2016).</p><p>Bajo esta perspectiva, la conducta antisocial no emerge de un vacío, sino que es el resultado de cascadas del desarrollo. Este concepto implica que las vulnerabilidades en un nivel inferior (por ejemplo, una predisposición neurobiológica a la impulsividad) pueden ser mitigadas o exacerbadas por factores en niveles superiores (como la contención familiar o la violencia del macrosistema social). Así, un déficit en la maduración cerebral no es una condena, sino un factor de riesgo que, al interactuar con un entorno hostil, desencadena una trayectoria de conducta antisocial.</p><p><strong>El Nivel Biológico: Inmadurez del Control Afectivo</strong></p><p>En el nivel biológico, la adolescencia se caracteriza por una asincronía fundamental en el desarrollo cerebral. Schweizer et al. (2020) introducen una distinción crítica para este análisis: la diferencia entre el "control cognitivo frío" y el "control afectivo". Mientras que los adolescentes pueden demostrar competencias ejecutivas y razonamiento moral similares a los adultos en tareas neutrales o de laboratorio, su capacidad de control afectivo, definida como la aplicación de control cognitivo en contextos emocionalmente cargados o "calientes", se encuentra funcionalmente reducida en comparación con adultos en edades medias.</p><p>Esta reducción no debe interpretarse como un defecto o una desviación orgánica patológica per se, sino como una característica normativa del desarrollo evolutivo. El adolescente vive una verdadera tormenta cerebral antes de alcanzar la maduración neural adulta. Estudios neurobiológicos, como los revisados por Gee et al. (2013), indican que la adolescencia requiere una transición crítica en la conectividad del circuito amígdala-corteza prefrontal.</p><p>Durante la infancia, esta conectividad suele ser positiva; es decir, la activación de la amígdala y la corteza prefrontal suben juntas, dependiendo de la regulación externa del cuidador primario para volver a la calma. Sin embargo, en la transición a la adultez, debe ocurrir un cambio hacia una conectividad negativa o inversa. Esto significa que la corteza prefrontal debe ser capaz de "apagar" o inhibir la amígdala de forma autónoma ante una emoción intensa. Gee et al. (2013) y Schweizer et al. (2020) señalan que este sistema de frenado es biológicamente ineficiente durante la adolescencia. Esto implica que, ante la amenaza del entorno o la presión de pares (estímulos de alto valor emocional), el adolescente está predispuesto neurobiológicamente a la reacción impulsiva más que a la reflexión pausada.</p><p><strong>El Nivel Social: La Falla en el Andamiaje Externo</strong></p><p>Si el "hardware" biológico del adolescente es inmaduro y lábil, la teoría de Cicchetti sugiere que el entorno social debe actuar como un sistema compensatorio o de andamiaje externo. Aquí es donde la investigación de Cui et al. (2020) cobra vital relevancia, al demostrar que la socialización emocional de los padres, específicamente las respuestas de apoyo y validación ante las emociones negativas de los hijos, predice una disminución significativa en conductas externalizantes y antisociales. La regulación emocional no es un logro solitario del individuo, sino un proceso transaccional; el cerebro joven necesita literalmente tomar prestado el córtex prefrontal de sus figuras de cuidado para aprender a modularse.</p><p>No obstante, al aterrizar este concepto en la realidad sociopolítica de Ecuador, nos encontramos con una barrera estructural infranqueable para muchas familias. Las dinámicas laborales actuales a menudo impiden este andamiaje debido a jornadas extensas, la sobrecarga de tareas operativas y administrativas, y las dificultades burocráticas al momento de solicitar licencias por situaciones domésticas.</p><p>En sectores críticos como la salud o la seguridad, esta situación se ve exacerbada por la imposición de turnos rotativos extenuantes. Turnos que en ocasiones superan las 24 o incluso 72 horas consecutivas de trabajo retiran física y emocionalmente a los padres del hogar, dejándolos en un estado de "burnout parental" que les impide estar disponibles emocionalmente cuando regresan a casa.</p><p>Sumado a esto, existe una invisibilización paterna en las políticas laborales. Esta negligencia estructural tiene un costo neurobiológico directo: deja al adolescente, cuyo control afectivo es inestable (Schweizer et al., 2020), expuesto sin filtros a un entorno de alta violencia y captación delictiva. Sin la corregulación parental, no por falta de amor, sino por agotamiento sistémico, el "switch" madurativo hacia la autorregulación descrito por Gee et al. (2013) se retrasa, se desvía o nunca se consolida.</p><p><strong>Síntesis: La Cascada de Riesgo hacia la Conducta Antisocial</strong></p><p>La integración de estos niveles permite formular una hipótesis explicativa robusta para el auge de conductas antisociales en el país. El adolescente ecuatoriano enfrenta una "tormenta perfecta": posee una hipersensibilidad biológica a las recompensas sociales y a las amenazas (nivel individual), mientras está inmerso en un macro-contexto de inseguridad, narcotráfico y crimen organizado (nivel social amplio).</p><p>Cuando el microsistema familiar falla en amortiguar esta interacción debido a la precariedad laboral y la falta de apoyo institucional, el adolescente busca regular su malestar emocional a través de mecanismos desadaptativos. La conducta antisocial, entonces, puede interpretarse no como un acto de maldad que nace desde el interior, sino como una estrategia fallida de regulación emocional. La agresión se convierte en una herramienta instrumental para gestionar la amenaza percibida que el cerebro inmaduro no pudo inhibir.</p><p>La falta de flexibilidad psicológica, sumada a la euforia emocional producida por conductas de riesgo que son validadas por pares delictivos (quienes funcionan como una figura de regulación externa sustituta), consolida este patrón. La ausencia de modelos adultos presentes para cumplir su papel de apoyo ante emociones negativas cierra el círculo vicioso, cristalizando la conducta delictiva como un rasgo de personalidad.</p><p><strong>Implicaciones Clínicas y Psicoterapéuticas</strong></p><p>A partir de este análisis multinivel, se derivan implicaciones urgentes para la práctica clínica en Ecuador. En primer lugar, la psicoterapia con adolescentes que presentan conductas antisociales no puede limitarse al consultorio ni centrarse exclusivamente en la modificación de conducta individual. Si el déficit es de "control afectivo" en contextos calientes, las intervenciones deben incluir entrenamiento en situaciones simuladas de estrés, ayudando al paciente a reconocer la activación fisiológica antes de actuar, un modelo terapéutico que trabaja de manera efectiva todos estos aspectos en la Terapia Dialéctico Conductual (DBT) de Marsha Linehan.</p><p>En segundo lugar, la evaluación clínica debe incluir obligatoriamente una anamnesis del contexto laboral familiar. El terapeuta debe indagar sobre los turnos de los padres, la calidad de su tiempo en casa y su nivel de estrés. Esto permite no patologizar a la familia como "negligente", sino entender las barreras estructurales que enfrentan.</p><p>Finalmente, la intervención debe ser sistémica y psicoeducativa. Es crucial explicar a los padres y al adolescente el concepto del "cerebro en construcción" y la necesidad de corregulación. Validar que la irritabilidad o la impulsividad tienen una base neurobiológica reduce la culpa y la hostilidad intrafamiliar, abriendo espacio para estrategias de conexión emocional que sirvan de factor protector, incluso cuando el tiempo de convivencia es escaso debido al trabajo.</p><p><strong>Conclusión</strong></p><p>La aplicación de la Teoría Multinivel de Cicchetti al contexto ecuatoriano revela que la conducta antisocial adolescente no es un fenómeno aislado, sino el síntoma de una falla sistémica en la regulación emocional. La evidencia científica es contundente: Schweizer et al. (2020) evidencian la carencia fisiológica de control afectivo en situaciones de estrés; Gee et al. (2013) demuestran que el cerebro adolescente atraviesa una transición crítica de conectividad que requiere imperiosamente de un andamiaje externo; y Cui et al. (2020) confirman que la socialización parental es ese andamiaje indispensable.</p><p>La síntesis clínica y teórica indica que no es ético ni viable exigir autorregulación adulta a un adolescente si el sistema biológico y el sistema social no están alineados para sostenerlo. La invisibilización del rol parental por parte de las estructuras de trabajo retira a los correguladores naturales del hogar en el momento evolutivo más crítico.</p><p>Por tanto, la psicología debe trascender el diagnóstico individual y abogar por cambios estructurales. Sin políticas públicas y laborales que permitan a los padres estar presentes, física y mentalmente, la vulnerabilidad neurobiológica del adolescente quedará expuesta a la violencia del entorno. Proteger el tiempo de cuidado no es solo un derecho laboral, es una estrategia de prevención del delito y de salud mental pública indispensable para romper el ciclo de conductas antisociales en el Ecuador.</p><p><strong>Referencias bibliográficas</strong></p><p>Cicchetti, D. (2016). Socioemotional, personality, and biological development: Illustrations from a multilevel developmental psychopathology perspective on child maltreatment. Annual Review of Psychology, 67, 187-211. https://doi.org/10.1146/annurev-psych-122414-033659&nbsp;</p><p>Cui, L., Criss, M. M., Ratliff, E., Wu, Z., Houltberg, B. J., Silk, J. S. y Morris, A. S. (2020). Longitudinal links between maternal and peer emotion socialization and adolescent girls' socioemotional adjustment. Developmental Psychology, 56(3), 595–607. https://doi.org/10.1037/dev0000861&nbsp;</p><p>Gee, D. G., Humphreys, K. L., Flannery, J., Goff, B., Telzer, E. H., Shapiro, M., Hare, T. A., Bookheimer, S. Y. y Tottenham, N. (2013). A developmental shift from positive to negative connectivity in human amygdala-prefrontal circuitry. Journal of Neuroscience, 33(10), 4584–4593. https://doi.org/10.1523/JNEUROSCI.3446-12.2013</p><p>Schweizer, S., Blakemore, S. J. y Gotlib, I. H. (2020).&nbsp;The role of affective control in emotion regulation during adolescence. <i>Emotion</i>, <i>20</i>(1), 80–86.&nbsp;https://doi.org/10.1037/emo0000695</p>

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