La depresión puede ser una herramienta para lograr el desarrollo de la fuerza volitiva del Yo, haciéndonos mas fuertes a los problemas y a la vida.
Escuchamos hablar de la depresión constantemente, en medios, conversaciones casuales y consultas médicas, hasta el punto de que se ha vuelto común creer que es un problema cuya solución es casi imposible. Existe la falsa creencia de que se trata de algo innato, una marca de nacimiento de la que no se puede escapar, o peor aún, que las personas que la sufren poseen un carácter débil o defectuoso. Persiste la percepción de que tener depresión es un estigma insalvable de "enfermedad mental" que invalida al individuo; la mayoría de las creencias populares o percepciones sociales la ponen en el banquillo de lo inaceptable, de lo que debe ocultarse o de lo que nos debería avergonzar.
Sin embargo, debemos admitir con total honestidad que la depresión es un problema de una gravedad profunda. No es solo un estado de ánimo pasajero; es una fuerza capaz de ocasionar suicidios, fracturas irreparables en el núcleo familiar, crisis en la pareja e incluso grietas en la misma estructura de la sociedad. El sujeto que padece depresión en cualquiera de sus variantes —ya sea una depresión mayor, una distimia persistente o una depresión de base neurológica— se encuentra sumido en un sufrimiento donde el placer ha sido desterrado de sus actos. Es un infierno personal en el cual la vida ha perdido su brújula y su sentido; la esperanza de habitar un estado mejor o "normal" parece haberse desvanecido para siempre. En ese abismo, la mente y las emociones están abatidas por una tristeza y un dolor existencial que solo quienes han estado allí pueden comprender realmente.
Sin embargo, detrás de este panorama desolador, reside una fuerza de una magnitud insospechada. Los estados emocionales negativos, la melancolía y el abatimiento, aunque parecen enemigos, son en realidad fenómenos que sobrepasan la capacidad de adaptación actual del Yo. Pero entonces, este problema, este mal que parece un designio amargo y desventurado, tiene el potencial de transformarse en algo profundamente útil. Puede ser visto como una pesa de ejercicio de una densidad enorme, diseñada específicamente para fortalecer la estructura de nuestro Yo.
Entonces surge la pregunta inevitable: ¿hay significado en el sufrimiento? ¿Existe, acaso, una nueva forma de ver la depresión en la cual esta, en lugar de destruirnos, nos ayude a desarrollar nuestra personalidad e incluso a rozar nuestra propia divinidad? La respuesta breve y contundente es sí. Todo cambia si logramos transformar nuestra percepción de lo que vemos como "malo" y lo reenfocamos hacia el objetivo de mejorar nuestro Yo, o nuestro "Sí-mismo" más profundo.
¿Qué es, entonces, lo que realmente fortalece nuestro Yo? ¿Qué nos hace más capaces de enfrentarnos al mundo y salir resilientes de las crisis? ¿Cómo podemos surfear sobre esa masa de melancolía y tristeza en la cual a veces nos hundimos por nuestra propia falta de fe? En realidad, no hay nada de malo en ser melancólicos o experimentar la tristeza; son partes esenciales del espectro humano. El peligro real surge cuando la tristeza se convierte en una rutina paralizante, cuando empezamos a "disfrutar" secretamente de estar deprimidos o cuando nos volvemos agresivos y negativos contra nosotros mismos.
Aquí es donde la literatura clásica, como la de Dante Alighieri, nos ofrece una advertencia vital: la desidia. En la Divina Comedia, la desidia (o acedía) es uno de los pecados que conducen a los lugares más profundos del infierno. Pero ese infierno no es un lugar físico, sino un estado de nuestra conciencia. La desidia es el estado en que se encuentran muchas personas que no logran superar la depresión; se abandonan, no mueven un dedo por su propia felicidad y permiten que su fuerza psíquica y volitiva se debilite hasta casi desaparecer. Han perdido el interés por ser poseedores de sí mismos. En este punto surge lo que Freud llamó Tánatos: la pulsión de muerte. Es un estado donde la persona, agotada por el dolor, desea que el sufrimiento acabe y que el Yo sufriente simplemente se desvanezca en la nada.
Afortunadamente, el Yo también viene equipado con una vitalidad natural y una energía poderosa llamada Eros: el placer de ser, de crear, de vivir y de vincularse con lo existente. El Yo se enfrenta a situaciones, algunas luminosas y otras oscuras, y es en ese choque donde algo nuevo crece. El papel de la depresión, visto así, es el de un maestro severo que ayuda a fortalecer nuestra comprensión y nuestra fuerza. Cada evento adverso —un rompimiento, un desamor, el fallecimiento de un ser querido— deja una marca en nuestra psique que nos humaniza y nos despierta a la realidad del mundo.
Cuando los eventos son más fuertes que nuestros recursos actuales, entramos en túneles largos, pero salir de ellos depende de nuestra capacidad de canalizar ese dolor. No se trata solo de fuerza bruta, sino de la comprensión de la vida, de nuestros objetivos y de nuestra percepción del mundo. Al final, todo depende de una pregunta que nos puede sacar de cualquier estado adverso: ¿Qué es lo mejor para mí? ¿Qué es lo que realmente quiero? ¿Es la felicidad una elección o un estado natural que debemos reclamar? El Yo se hace más fuerte con las preguntas correctas, con el conocimiento y con la fuerza emocional necesaria para levantarnos siempre mirando hacia nuestro objetivo. Desde esta perspectiva, la depresión deja de ser un pozo sin salida para convertirse en la pesa que desarrolla el músculo de nuestra alma.