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Laura De Rito

Laura D.

  • Psicólogo clínico
  • Psicoterapeuta
  • Psicólogo

Experiencia: 

3 años

Idioma: 

ES

Certificados: 

3

Solicitó: 

Administración

Distrito: 

Comuna 1

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Psicología de la adolescencia
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Diplomada en género y perspectiva feminista, violencia de género e intrafamiliar, especializada en psicoanálisis de adultos, con conocimientos en fuerzas de seguridad, trauma, duelos y situaciones críticas.

Acepto aquí

Dirección Paraná

Distrito Comuna 1, San Nicolás

Acompañamiento a los pacientes, a fin de que se sientan alojados, para que de las palabras provenga la calma a sus dolencias y angustia “La voz del intelecto es suave, pero no descansa hasta ser escuchada.” — Sigmund Freud

La psicoterapia y la palabra son la base de la salud mental integral, un trabajo sobre el diálogo interno puede desanudar la angustia y ser motor hacia cambios radicales y de bienestar, la palabra siempre cura.

“Ser completamente honesto consigo mismo es un buen ejercicio.” — Sigmund Freud

Licenciada en criminalistica, IUPFA, Licenciada en Psicología, Universidad JF Kennedy, diplomada en género y perspectiva feminista UBA, posgrado en psicoanálisis en adultos, Inst. F. ULLOA

Licenciada
Universidad Argentina John F. Kennedy
16 de Junio de 2023 - 20 de Septiembre de 2023
Licenciado
Universidad Argentina John F. Kennedy

Diplomada en feminismo y perspectiva de género, posgrados UBA, licenciada en psicología, Universidad JF Kennedy, licenciada en criminalistica IUPFA, replicador de la Ley Micaela, Min. Seguridad, cursos varios sobre género y violencia de género, Fundación Ulloa

Ministerio de Salud, Pcia. CABA, Argentina
Credencial de profesional de la salud
01/03/2024
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Artículos del psicólogo
3
La importancia de la perspectiva de género en el análisis psicoanalítico
Laura D.
02.06.2025
La importancia de la perspectiva de género en el análisis psicoanalítico

<p><br>&nbsp;</p><p><strong>La importancia de la perspectiva de género en el análisis psicoanalítico</strong><br>&nbsp;</p><p>El psicoanálisis ha sido, desde sus orígenes, una herramienta fundamental para la comprensión del sufrimiento psíquico. A lo largo de los años, su potencia clínica ha permitido explorar el inconsciente, los vínculos, los deseos y las estructuras subjetivas. Sin embargo, como toda disciplina construida en un contexto histórico y social determinado, también reproduce ciertas lógicas culturales que es necesario revisar críticamente. Una de ellas —y quizás la más urgente— es la perspectiva de género.</p><p>&nbsp;</p><p>Incorporar una mirada de género al trabajo clínico no significa reducir la complejidad subjetiva a categorías sociales rígidas, ni “ideologizar” el análisis. Al contrario: se trata de reconocer que las subjetividades no se constituyen en el vacío, sino que están atravesadas por relaciones de poder, mandatos sociales y desigualdades estructurales. Tal como expresó Silvia Bleichmar: “No hay clínica sin ideología. No existe una posición neutral frente al sufrimiento humano”. Escuchar con perspectiva de género implica, entonces, hacernos cargo de esa ideología y revisarla.</p><p><br>&nbsp;</p><p><strong>Psicoanálisis y género: un diálogo necesario</strong></p><p><br>&nbsp;</p><p>Los primeros desarrollos del psicoanálisis estuvieron profundamente marcados por los valores y creencias de su época. Freud propuso conceptos fundamentales como el complejo de Edipo, la castración o la envidia del pene desde una visión androcéntrica, donde lo masculino era tomado como modelo universal del desarrollo. Esto dejó fuera de escena a quienes no encajaban en esa lógica binaria o normativa.</p><p>&nbsp;</p><p>Durante años, el psicoanálisis fue acusado —no sin razón— de reproducir estereotipos y discursos que limitaban a las mujeres, patologizaban la diversidad y naturalizaban el sufrimiento derivado de roles de género impuestos. Sin embargo, muchos y muchas psicoanalistas han cuestionado estas ideas, releyendo la teoría desde una perspectiva crítica y transformadora.<br>&nbsp;</p><p>Judith Butler, figura central de los estudios de género, sostiene: “El género no es un hecho estable ni una identidad fija. Es una práctica repetida, regulada y sancionada por normas sociales”. Desde este enfoque, no se trata sólo de atender a las particularidades individuales, sino de reconocer cómo esas normas influyen en los modos de habitar el cuerpo, el deseo y los vínculos.</p><p><br>&nbsp;</p><p><strong>Escuchar más allá de la norma</strong></p><p><br>&nbsp;</p><p>Una clínica con perspectiva de género reconoce que el malestar psíquico muchas veces surge como respuesta a la presión por adaptarse a mandatos imposibles: ser la madre perfecta, el varón exitoso, la mujer deseable, el cuerpo adecuado. En estos casos, el síntoma no es simplemente una manifestación de conflicto intrapsíquico, sino también un modo de resistencia ante lo que el orden simbólico impone.</p><p>&nbsp;</p><p>En este sentido, Eva Giberti advierte que “la psicología no puede seguir siendo ciega frente a las desigualdades. Escuchar es también reconocer la violencia que produce el género como sistema de poder”. Esto implica revisar nuestras intervenciones, cuidar el lenguaje, evitar patologizar experiencias que son respuestas a contextos opresivos, y abrir el espacio clínico a nuevas formas de existencia.</p><p><br>&nbsp;</p><p><strong>Una práctica ética y comprometida</strong></p><p><br>&nbsp;</p><p>Trabajar con perspectiva de género en el análisis no significa abandonar los fundamentos del psicoanálisis, sino profundizarlos. Es habilitar una escucha más justa, más abierta y sensible a las condiciones reales de vida de cada sujeto. Es también una apuesta ética y política, porque al reconocer cómo las desigualdades atraviesan el sufrimiento, contribuimos a transformarlo.</p><p>&nbsp;</p><p>Esto es especialmente importante en casos de personas que han atravesado violencias por razones de género, personas trans, no binarias, o quienes no encuentran en los modelos tradicionales un lugar posible. La clínica no debe ser un dispositivo de normalización, sino un espacio para dar lugar a la palabra y al deseo en su singularidad.</p><p>&nbsp;</p><p><strong>Lo personal es político, también en el diván</strong></p><p>&nbsp;</p><p>El análisis psicoanalítico, cuando se practica con perspectiva de género, se convierte en un acto profundamente político en el mejor sentido del término: reconoce que la subjetividad está tejida en un entramado social y simbólico que no es neutro. Por eso, escuchar el malestar implica también preguntarse por sus raíces históricas, culturales y vinculares.</p><p>&nbsp;</p><p>En tiempos donde los discursos de odio resurgen y los derechos conquistados por los feminismos se ven amenazados, el consultorio puede y debe ser un espacio de resistencia. No sólo para contener el dolor, sino para habilitar la transformación.</p><p>&nbsp;</p><p>Porque si lo personal es político, también lo es lo inconsciente. Y una escucha que se atreve a cuestionar las normas que duelen, es también una escucha que abre caminos hacia una vida más libre.</p>

“La presencia perdida: repensar el amor en la era de la inmediatez”
Laura D.
30.05.2025
“La presencia perdida: repensar el amor en la era de la inmediatez”

<p><br>&nbsp;</p><p><strong>La presencia perdida: repensar el amor en la era de la inmediatez</strong><br>&nbsp;</p><p><strong>Introducción: Un nuevo malestar en la cultura</strong><br>&nbsp;</p><p>La época que habitamos parece signada por una paradoja cada vez más visible: nunca estuvimos tan conectados y, al mismo tiempo, tan solos. El malestar actual ya no se expresa únicamente a través del sufrimiento individual sino, sobre todo, en la dificultad de establecer y sostener vínculos afectivos reales, profundos, presenciales. Lo que antes era considerado parte natural de la vida —el encuentro cara a cara, el lazo duradero, el compromiso afectivo— se ha transformado en un terreno frágil, inestable, a menudo temido.</p><p>&nbsp;</p><p>Vivimos tiempos de vínculos intermitentes, de relaciones mediadas por pantallas, de contactos fugaces sin profundidad. ¿Qué perdimos en este camino? ¿Qué queda del amor cuando el cuerpo está ausente? ¿Qué lugar ocupa el deseo en un mundo donde todo parece estar al alcance inmediato de un clic?<br>&nbsp;</p><p>Este artículo propone un recorrido reflexivo desde la mirada psicoanalítica sobre los vínculos afectivos en la actualidad, con la intención de aportar claves para pensar cómo habitamos el lazo con los otros, qué rol juega la inmediatez en la configuración del deseo, y cómo recuperar la presencia —esa experiencia densa y viva— en tiempos donde lo fugaz es la norma.<br>&nbsp;</p><p><strong>I. El lazo afectivo en tiempos de hiperconexión</strong><br>&nbsp;</p><p><strong>El espejismo de la conexión constante</strong><br>&nbsp;</p><p>Las tecnologías digitales han modificado radicalmente la manera en que nos comunicamos. El celular, las redes sociales, las aplicaciones de citas y mensajería han generado una disponibilidad permanente del otro: podemos hablar, escribir, mirar, compartir, reaccionar. Sin embargo, esta supuesta cercanía no garantiza la construcción de un vínculo genuino.<br>&nbsp;</p><p>Lo que se ha acentuado es la lógica del consumo emocional. Se elige, se descarta, se evalúa, se reemplaza. Como si las personas fueran productos de catálogo. En ese escenario, el otro se vuelve fácilmente sustituible. La inmediatez que prometen estas plataformas choca con el tiempo que requiere todo lazo humano auténtico: un tiempo de espera, de elaboración, de confrontación con la diferencia.</p><p>&nbsp;</p><p>En consulta escuchamos frases como: “Si no me contesta rápido, me enojo”, “Estábamos bien y desapareció”, “No quiero relaciones que me quiten libertad”. La velocidad del vínculo reemplaza la profundidad. Lo efímero suplanta lo duradero. El deseo —motor del lazo— se ve capturado por la lógica de la gratificación instantánea.<br>&nbsp;</p><p><strong>El vínculo como contrato precario</strong><br>&nbsp;</p><p>Los nuevos modos de vinculación están marcados por la ambivalencia: se busca compañía, pero se evita el compromiso; se desea ser elegido, pero no se soporta ser necesitado. El resultado es una suerte de contrato afectivo precario, donde las condiciones son siempre negociables y reversibles.</p><p>&nbsp;</p><p>El psicoanálisis señala que todo vínculo implica riesgo. Amar es exponerse a perder, a ser afectado, a confrontar la propia falta. Sin embargo, en una época que exalta la autosuficiencia y la disponibilidad inmediata, el amor —con su complejidad, su incertidumbre y su tiempo— aparece como una amenaza.<br>&nbsp;</p><p><strong>II. La pérdida del cuerpo como pérdida del otro</strong><br>&nbsp;</p><p><strong>Del contacto al mensaje</strong></p><p>&nbsp;</p><p>El cuerpo, en tanto lugar del deseo, del afecto y del encuentro, ha sido desplazado. Se toca menos, se mira menos, se escucha menos. La corporalidad del otro ha sido reemplazada por su imagen. Se interactúa con perfiles, con palabras escritas, con audios reenviables, con videos editados.</p><p>&nbsp;</p><p>Pero los cuerpos no se editan. Los cuerpos interrumpen, fallan, demandan, y en esa irrupción se inscribe el lazo real. La virtualidad permite un tipo de control sobre el vínculo que, en el encuentro físico, simplemente no existe. No se puede pausar una conversación en vivo, ni borrar lo que se dijo, ni elegir solo las partes lindas del otro.<br>&nbsp;</p><p>Este empobrecimiento del contacto corporal genera consecuencias subjetivas. Se instala una dificultad para tolerar la presencia completa del otro: su voz, su olor, su gestualidad, su silencio. Se debilita la empatía, porque esta se forma —entre otras cosas— en la experiencia directa del otro como semejante.<br>&nbsp;</p><p><strong>El cuerpo como garante del deseo</strong><br>&nbsp;</p><p>El deseo no se transmite solo con palabras. Se encarna, se inscribe en gestos, miradas, tiempos compartidos. Cuando el cuerpo se ausenta del vínculo, el deseo queda desanclado. Y cuando el deseo se desvincula del cuerpo, lo que queda es el goce compulsivo, muchas veces autoerótico, autorreferencial.</p><p>&nbsp;</p><p>La presencia del cuerpo introduce algo que no se puede simular: la imprevisibilidad, la emoción, el tiempo real del afecto. El abrazo que contiene, la caricia que calma, la mirada que dice más que mil palabras… no tienen equivalente digital. No se puede tercerizar la experiencia emocional.</p><p>&nbsp;</p><p>En la clínica, muchos pacientes refieren una desconexión con su propio cuerpo. Aparece el insomnio, la ansiedad, los trastornos de la alimentación, la dificultad para relajarse o disfrutar del contacto físico. Como si el cuerpo —ya no vehículo del deseo— se transformara en un espacio de extrañeza o malestar.</p><p>&nbsp;</p><p><strong>III. Vínculos líquidos y la fantasía de autonomía</strong></p><p>&nbsp;</p><p><strong>El ideal de independencia emocional</strong></p><p>&nbsp;</p><p>Nuestra cultura ha promovido un ideal de autonomía que muchas veces se confunde con autosuficiencia afectiva. “No necesito a nadie”, “Estoy mejor solo/a”, “No me quiero atar”. Estas frases expresan una defensa frente a la angustia que implica el lazo. Pero también delatan el miedo a depender, a ser afectado, a quedar implicado.<br>&nbsp;</p><p>Sin embargo, el ser humano es un ser vincular. Desde el nacimiento dependemos de otro para sobrevivir, y esa marca estructural no desaparece nunca. Crecer no es dejar de necesitar, sino aprender a construir relaciones más complejas, más libres, pero también más comprometidas.</p><p>&nbsp;</p><p>El problema no es necesitar, sino no saber qué hacer con esa necesidad.<br>&nbsp;</p><p><strong>El narcisismo de época</strong><br>&nbsp;</p><p>La fragilidad del lazo también puede pensarse desde el aumento del narcisismo contemporáneo. La imagen propia —curada, editada, mostrada— ocupa un lugar central en la subjetividad actual. Se busca ser visto, ser reconocido, ser validado. Pero ese deseo de ser visto muchas veces no va acompañado del deseo de ver al otro.<br>&nbsp;</p><p>En este clima, los vínculos se transforman en espejos: el otro es valioso en la medida en que refleja lo que quiero ver de mí. Cuando deja de hacerlo, cuando muestra su diferencia, su límite o su malestar, aparece el desencanto. El amor como ideal se derrumba frente a la realidad del otro como sujeto deseante, autónomo e imprevisible.</p><p><strong>IV. Lo que queda del amor (y lo que aún podemos recuperar)</strong></p><p>&nbsp;</p><p><strong>El psicoanálisis como espacio de reencuentro</strong></p><p>&nbsp;</p><p>Frente a este panorama, el psicoanálisis no ofrece recetas, pero sí una posibilidad: la de alojar al sujeto en su pregunta por el otro. La transferencia —ese vínculo singular entre analista y paciente— recupera la dimensión del encuentro real. No es casual que muchos pacientes digan que el espacio analítico es el único donde pueden hablar sin filtros, ser escuchados sin juicio, sostener una relación sin la lógica del rendimiento.</p><p>&nbsp;</p><p>El psicoanálisis propone, en este contexto, una ética del deseo. No se trata de adaptarse a las nuevas formas de vinculación, sino de interrogarse por el modo en que cada sujeto habita sus relaciones. ¿Qué espera del otro? ¿Qué repite sin saberlo? ¿Qué teme perder si se entrega?</p><p>&nbsp;</p><p>La cura analítica, en muchos casos, implica aprender a desear de otro modo. A tolerar la falta, a construir desde el tiempo y no desde la urgencia, a incluir el cuerpo y no solo la mente.<br>&nbsp;</p><p><strong>El amor como acto</strong></p><p>Más allá de las transformaciones culturales, el amor —como acto— sigue siendo posible. Amar no es solo sentir, sino elegir. Es sostener una presencia incluso cuando la inmediatez invita a escapar. Es renunciar al control absoluto, es habitar la incertidumbre. Es, también, asumir que el otro no es como lo imaginamos, y aún así quedarnos.</p><p>En palabras de Lacan, “amar es dar lo que no se tiene a alguien que no lo es”. Esta frase, en su paradoja, nos recuerda que el amor verdadero no se basa en la posesión, sino en la falta. Que el lazo no se construye sobre la perfección, sino sobre la verdad —siempre parcial— del deseo.<br>&nbsp;</p><p><strong>Conclusión: Recuperar la presencia</strong></p><p>Recuperar la presencia no implica negar los avances tecnológicos ni idealizar un pasado sin redes sociales. Se trata, más bien, de revalorizar aquello que ninguna pantalla puede ofrecer: la experiencia viva del otro. El cuerpo, la palabra dicha en tiempo real, el silencio compartido, la mirada sostenida.</p><p>El desafío no es menor. Implica revisar nuestros modos de vincularnos, preguntarnos qué buscamos cuando nos relacionamos y qué estamos dispuestos a ofrecer. Implica también desacelerar, tolerar la frustración, dejar espacio al misterio del otro.</p><p>Quizás sea momento de recuperar algo que parecía olvidado: que no hay amor sin riesgo, que no hay vínculo sin entrega, que no hay deseo sin espera.</p><p>Y que, tal vez, no haya futuro vincular posible sin esa vieja, pero siempre vigente, práctica del estar con otro. Presente. Cuerpo. Deseo.</p>

La palabra que transforma.
Laura D.
24.10.2024
La palabra que transforma.

<p>LA PALABRA NOS TRANSFORMA:</p><p>&nbsp;</p><p>La <strong>importancia de la terapia</strong> y el <strong>análisis</strong> radica en su capacidad para aliviar el sufrimiento humano a través de un proceso profundo y revelador: la <strong>cura por la palabra</strong>. Este enfoque tiene raíces en el psicoanálisis, una teoría y práctica desarrollada por Sigmund Freud a principios del siglo XX, que sostiene que muchas de las dificultades emocionales y psicológicas de las personas provienen de conflictos internos inconscientes.</p><p>El acto de hablar, de poner en palabras lo que sentimos, permite <strong>darle sentido</strong> a lo que nos pasa. Muchas veces, el dolor, la angustia o la ansiedad no son fácilmente identificables, pero a través del diálogo con un terapeuta, podemos <strong>explorar nuestro mundo interno</strong>, darnos cuenta de patrones en nuestros pensamientos, recuerdos reprimidos o deseos no conscientes que influyen en nuestras vidas cotidianas.</p><p><strong>El malestar en la cultura y lo social</strong></p><p>Freud también hablaba del “<strong>malestar en la cultura</strong>” para referirse a la incomodidad que sentimos al vivir en sociedad. Aunque la cultura y las normas sociales nos permiten convivir de manera civilizada, también nos imponen restricciones sobre nuestros deseos y comportamientos. La cultura nos exige que <strong>reprimamos</strong> ciertos impulsos o que ajustemos nuestra personalidad a lo que se espera de nosotros. Esto genera un conflicto interno, ya que en muchas ocasiones, nuestros deseos más profundos chocan con lo que la sociedad considera aceptable.</p><p>Este malestar puede manifestarse de diversas formas, como <strong>ansiedad</strong>, <strong>depresión</strong> o <strong>insatisfacción</strong>, incluso cuando desde fuera parezca que todo está bien. Aquí es donde la terapia y el análisis juegan un papel crucial: permiten que las personas <strong>exploren sus contradicciones internas</strong> y descubran cómo las influencias sociales y culturales han moldeado su identidad.</p><p><strong>La cura por la palabra</strong></p><p>El proceso de hablar y reflexionar en terapia permite sacar a la luz lo que está en nuestro <strong>inconsciente</strong>. Los sentimientos, recuerdos y deseos reprimidos suelen expresarse en nuestra vida diaria a través de síntomas como la angustia, la culpa o los problemas en las relaciones. Al <strong>darle un espacio a estos elementos ocultos</strong> en un ambiente seguro y guiado por un profesional, podemos empezar a entenderlos y, eventualmente, <strong>liberarnos</strong> de su influencia negativa.</p><p>Este proceso no es fácil, porque a veces lo que descubrimos en nuestro interior puede ser doloroso o difícil de aceptar. Sin embargo, con el tiempo, <strong>hacer consciente lo inconsciente</strong> nos da una mayor libertad para elegir cómo vivir nuestra vida, en lugar de ser guiados por impulsos que no comprendemos.</p><p><strong>Lo social que nos atraviesa</strong></p><p>Además del aspecto individual, el psicoanálisis nos recuerda que somos seres profundamente <strong>relacionados con los demás</strong>. Nuestras experiencias familiares, nuestras interacciones con amigos, compañeros de trabajo o parejas, e incluso las normas sociales que nos rodean, tienen un impacto en nuestra manera de ser y de sentir.</p><p>Por eso, el trabajo en terapia no solo implica conocerse a uno mismo, sino también comprender cómo las relaciones y la sociedad han contribuido a moldear nuestro malestar. <strong>Lo social nos atraviesa</strong>, y muchas veces los problemas emocionales no solo provienen de conflictos internos, sino también de dinámicas sociales que perpetúan ciertas tensiones o frustraciones.</p><p><strong>La terapia como un espacio de transformación</strong></p><p>En resumen, la terapia y el análisis, desde la perspectiva psicoanalítica, son herramientas valiosas para explorar las <strong>raíces profundas de nuestro malestar</strong>. No se trata solo de buscar soluciones rápidas o de “curar” síntomas, sino de entender de manera más completa quiénes somos y por qué nos sentimos como nos sentimos. A través de la cura por la palabra, podemos desentrañar nuestros deseos, miedos y contradicciones, y aprender a vivir de manera más consciente y plena en un mundo que a menudo nos impone normas y expectativas difíciles de cumplir.</p><p>La terapia es, por tanto, un <strong>espacio de transformación personal</strong> que nos permite no solo aliviar el dolor, sino también descubrir una mayor libertad emocional y autenticidad.</p>

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