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Maribel Zarco

Maribel Z.

  • Psicoterapeuta
  • Psicólogo

Experiencia: 

9 años

Idioma: 

ES

Certificados: 

6

Solicitó: 

Administración

Distrito: 

La Presita

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Psicología infantil
Oncología
¿En qué puedo ayudar?

Tengo experiencia en trabajo con ansiedad, experiencias de violencia, situaciones con la pareja, duelos y autoestima. También me encuentro cómoda en el trabajo con adolescencias.

Acepto aquí

Dirección Enrique Serrano Mza

Distrito La Presita

Enfoques y métodos en los que trabajo:

Tengo 18 años de experiencia en la práctica narrativa. Este enfoque me hizo sentido ya que trabaja con las historias de las personas en sus contextos. También cuestiona estructuras de poder y los efectos que estas tienen en la forma en que las personas se ven a sí mismas. Mi objetivo de vida es contribuir a una vida más armoniosa en cualquier entorno, de manera que, dar terapia, se ha vuelto un espacio de esperanza, ya que las personas buscan mejores formas de vivir y relacionarse, lo que contribuye a entornos más amables. Por una experiencia personal, he estudiado sobre ansiedad, orígenes y función en la vida de las personas, por lo que me encuentro cómoda trabajando con este tema en consulta.

La terapia conmigo es un espacio de conversación segura, respetuosa y colaborativa. Trabajo desde la terapia narrativa, lo que significa que exploramos juntas/os las historias que has construido sobre ti, tus relaciones y tu vida, poniendo especial atención en los contextos que las han influido.

No doy recetas ni diagnósticos cerrados. Me interesa acompañarte a comprender lo que te pasa, reconocer tus recursos y abrir posibilidades que se ajusten a lo que es importante para ti.

Avanzamos a tu ritmo, con cuidado, y con la idea de que la terapia no es corregirte, sino ayudarte a relacionarte contigo y con tu historia de una manera más justa y amable.

La psicoterapia me ha transformado tanto en lo personal como en lo profesional. Me ha permitido reconocer cómo nuestras historias están atravesadas por relaciones, contextos sociales y expectativas que muchas veces cargamos en silencio.

Mi propio proceso terapéutico me enseñó la importancia de ser escuchada sin juicios, de no reducir la experiencia humana a etiquetas y de respetar los tiempos de cada proceso.

Esto hoy guía mi trabajo: acompaño desde un lugar humano, ético y colaborativo, confiando en que las personas cuentan con saberes, recursos y formas de resistencia que pueden recuperarse y fortalecerse en terapia.

Este es un espacio para comprender tu historia desde un lugar más compasivo, abriendo posibilidades.

Me gusta mucho la música. Ahora mismo estoy interesada en el trabajo espiritual y en cómo se constituye en una fortaleza humana. Disfruto mucho mi trabajo en consultorio y en comunidades. Me gusta pasar tiempo con mi familia.

Soy Licenciada en Psicología por la Universidad Nacional Autónoma de México. Mi maestría, que está en proceso de titulación, la estudié en la Universidad Campesina en Red. Tengo un diplomado de terapia narrativa cursado en Grupo Terapia Narrativa Coyoacán y uno de terapia narrativa con enfoque en prevención de violencia de género que cursé en Casa Tonalá.

Licenciada
Universidad Nacional Autónoma de México
2007-2008

Diplomado en terapia narrativa. Los celos: La patología de la certidumbre. Honrando la sabiduría del dolor. Despatologizando la práctica terapéutica.

Casa Tonalá
DESPATOLOGIZAR LA PRÁCTICA TERAPEUTICA una aproximación desde las ucronías
25, 26 y 27 de octubre del 2024, Número de horas - 12
Universidad Campesina Indígena en Red
Prácticas Narrativas
2021-2023
Casa Tonalá
Honrando la sabiduría del dolor
16 de agosto de 2025, Número de horas - 8
Grupo Terapia Narrativa Coyoacán
Prácticas Narrativas en línea
Julio 15, 2017, Número de horas - 120
La Montaña Centro de Terapia Familiar Integral
LOS CELOS... La Patología De La Certidumbre
22 y 23 de Febrero, Número de horas - 16
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Artículos del psicólogo
4
Nombrar lo que duele: Sobre el duelo gestacional
Maribel Z.
11.03.2026
Nombrar lo que duele: Sobre el duelo gestacional

<p>Hay pérdidas que el mundo reconoce con claridad. Cuando alguien muere, existen rituales, palabras y gestos que acompañan el dolor. Pero hay otras pérdidas que quedan en un lugar más silencioso. El duelo gestacional suele ser una de ellas.</p><p>Cuando se pierde un embarazo —sin importar el momento en que ocurra— no solo se pierde un proceso biológico. Muchas veces también se pierde una historia que ya comenzaba a imaginarse: un nombre posible, una habitación pensada, conversaciones que empezaban a tomar forma en la mente o en el corazón. Incluso cuando el embarazo estaba en etapas muy tempranas, el vínculo con lo que podía llegar a ser ya había comenzado a construirse.</p><p>Sin embargo, socialmente este tipo de pérdida suele minimizarse. Frases como <i>“era muy poquito tiempo”</i>, <i>“ya vendrá otro bebé”</i> o <i>“mejor ahora que después”</i> aparecen con frecuencia. Aunque muchas veces se dicen con la intención de consolar, pueden tener el efecto de invisibilizar el dolor de quien atraviesa la experiencia.</p><p>El duelo gestacional es un duelo real. Implica la pérdida de un proyecto, de una posibilidad y de una parte de la historia que ya se estaba escribiendo. Cuando ese dolor no es reconocido por el entorno, las personas pueden sentirse solas, confundidas o incluso cuestionar si tienen derecho a sentirse tan afectadas.</p><p>En psicología, este tipo de experiencias ha sido descrito como <strong>duelo desautorizado</strong> o <i>disenfranchised grief</i>: pérdidas que no siempre reciben validación social suficiente para ser reconocidas públicamente (Doka, 2002). Cuando el entorno no legitima el duelo, el proceso puede volverse más complejo, porque la persona no solo enfrenta la pérdida, sino también el silencio que la rodea.</p><p>Cada persona vive el duelo gestacional de manera distinta. Algunas sienten una tristeza profunda; otras experimentan enojo, culpa o una sensación de vacío difícil de nombrar. También es común que aparezcan preguntas: “¿hice algo mal?”, “¿podría haberlo evitado?”. Desde el conocimiento médico sabemos que la mayoría de las pérdidas gestacionales ocurren por causas que están fuera del control de la persona gestante, pero aun así la mente puede buscar explicaciones para dar sentido a lo sucedido.</p><p>Además del impacto emocional, el cuerpo también atraviesa un proceso. El embarazo moviliza cambios hormonales, físicos y psicológicos que no desaparecen de inmediato tras la pérdida. Esto significa que el duelo gestacional no ocurre solo en el plano emocional, sino también en el cuerpo.</p><p>Otro aspecto importante es que el tiempo del duelo no es igual para todas las personas. Algunas sienten la necesidad de hablar mucho de lo ocurrido; otras prefieren guardar silencio por un tiempo. Hay quienes necesitan nombrar al bebé que no llegó a nacer y quienes encuentran otras formas de despedirse. Ninguna de estas maneras es incorrecta.</p><p>Desde una mirada narrativa, una parte importante del acompañamiento consiste en <strong>darle un lugar a la historia de esa pérdida</strong>. Nombrarla, reconocerla y permitir que forme parte de la vida de quien la atraviesa puede ser profundamente reparador. No se trata de “superar” la pérdida en el sentido de borrarla, sino de encontrar maneras de integrarla en la historia personal sin que el dolor tenga que vivirse en soledad.</p><p>En el espacio terapéutico he tenido la oportunidad de escuchar a mujeres que atravesaron duelos gestacionales y que, durante mucho tiempo, sintieron que no podían hablar de ello porque “no era para tanto”. Cuando el dolor encuentra un espacio donde puede ser nombrado sin prisa ni juicio, algo cambia. El duelo deja de ser una experiencia solitaria y comienza a ser una experiencia acompañada.</p><p>Tal vez una de las tareas más importantes frente al duelo gestacional sea <strong>reconocer su existencia</strong>. Nombrar lo que duele es una forma de dignificar la experiencia. También es una forma de reconocer que el amor que existía hacia esa posibilidad era real.</p><p>El duelo gestacional no siempre se ve, pero existe. Y como todo duelo, merece tiempo, cuidado y respeto.</p><p>A veces el mundo sigue su ritmo como si nada hubiera pasado. Pero para quien atravesó la pérdida, algo sí pasó: una historia cambió de rumbo. Reconocer esa historia, darle palabras y permitir que tenga un lugar en la memoria puede ser una forma de honrar lo que fue y lo que pudo haber sido.</p><p>Porque incluso las vidas que no llegaron a desarrollarse completamente pueden dejar huellas profundas en quienes las esperaban.</p><p><strong>Referencias</strong></p><p>Doka, K. (2002). <i>Disenfranchised Grief: New Directions, Challenges, and Strategies for Practice</i>. Research Press.</p><p>Kersting, A., &amp; Wagner, B. (2012). Complicated grief after perinatal loss. <i>Dialogues in Clinical Neuroscience</i>, 14(2), 187–194.</p><p>Cacciatore, J. (2013). Psychological effects of stillbirth. <i>Seminars in Fetal &amp; Neonatal Medicine</i>, 18(2), 76–82.</p><p>Worden, J. W. (2009). <i>Grief Counseling and Grief Therapy</i>. Springer Publishing.</p>

Descansar no es un premio: Es una necesidad.
Maribel Z.
25.02.2026
Descansar no es un premio: Es una necesidad.

<p>No solemos preguntarnos si merecemos comer. Tampoco negociamos si tenemos derecho a tomar agua cuando tenemos sed. Entendemos que son necesidades básicas del cuerpo. Sin embargo, cuando se trata de descansar, la conversación cambia. Muchas personas se preguntan: “¿ya hice lo suficiente para descansar?”, “¿me lo gané?”, “¿debería estar haciendo algo más productivo?”.</p><p>¿Por qué el descanso, que también es una necesidad biológica y emocional, terminó convertido en un premio condicionado al rendimiento?</p><p>Vivimos en un sistema que coloca la productividad en el centro del valor personal. Desde muy temprano aprendemos —a veces de forma explícita, a veces de manera silenciosa— que descansar es válido solo después de haber cumplido, logrado, rendido o agotado nuestras fuerzas. Bajo esta lógica, el descanso deja de ser una necesidad y se convierte en recompensa. Y si no se alcanza el estándar esperado, aparece la culpa.</p><p>El cuerpo, sin embargo, no funciona bajo la lógica de la productividad. Nuestro sistema nervioso necesita pausas para regularse. El cerebro requiere momentos de desconexión para integrar información, procesar emociones y recuperar energía. La investigación en neurociencia ha mostrado que el descanso no es ausencia de actividad, sino una forma distinta de funcionamiento que permite reorganizar la experiencia y sostener el equilibrio interno. Descansar no es una indulgencia: es parte del diseño mismo del organismo.</p><p>Cuando el descanso se posterga de manera constante, el cuerpo comienza a enviar señales. Irritabilidad, dificultad para concentrarse, ansiedad, tristeza persistente, dolores físicos o una sensación generalizada de agotamiento son algunas formas en que el sistema comunica que necesita pausa. No son signos de debilidad ni de falta de carácter, sino respuestas esperables ante la sobrecarga.</p><p>Aun así, muchas personas experimentan culpa al descansar. Se sienten inquietas cuando no están produciendo, revisan pendientes mentalmente o minimizan su propio cansancio comparándolo con el de otras personas. Esta culpa suele estar sostenida por historias aprendidas: “descansar es flojera”, “si paras, te quedas atrás”, “vales por lo que haces”. Con el tiempo, estas ideas se internalizan y comienzan a organizar la relación con el propio cuerpo.</p><p>Desde una mirada narrativa, podemos preguntarnos: ¿de dónde viene esa historia sobre el descanso? ¿Quién se beneficia de que creamos que solo valemos cuando producimos? Nombrar estos mandatos permite empezar a separarlos de nuestra identidad. No somos la exigencia; hemos aprendido a relacionarnos con ella.</p><p>Descansar no significa renunciar a las responsabilidades ni abandonar metas. Significa reconocer que el cuerpo y la mente no son máquinas. La pausa no es lo opuesto al avance; muchas veces es su condición. Sin descanso, la productividad se vuelve insostenible y el costo suele pagarse en salud física, emocional y relacional.</p><p>En el espacio terapéutico he observado cómo cambiar la relación con el descanso transforma otras áreas de la vida. Cuando una persona comienza a validar su cansancio en lugar de combatirlo, algo se suaviza. Disminuye el diálogo interno castigador, aumenta la claridad para decidir y aparece una forma distinta de cuidado. El descanso deja de sentirse como amenaza y empieza a experimentarse como sostén.</p><h3>¿Qué hacer con la culpa por descansar?</h3><p>La culpa no desaparece solo porque entendamos racionalmente que descansar es necesario. Por eso, más que intentar eliminarla, puede ser útil relacionarnos de otra manera con ella:</p><p><strong>1. Nombrar el mandato.</strong><br>Preguntarte: ¿qué historia aprendí sobre el descanso? ¿Quién me enseñó que debía ganármelo? Ponerle palabras al mandato ayuda a verlo como algo aprendido, no como una verdad natural.</p><p><strong>2. Diferenciar descanso de evasión.</strong><br>Descansar es recuperar energía para vivir y decidir. Evasión es evitar algo que requiere atención. No son lo mismo. Hacer esta distinción permite descansar sin sentir que se está fallando.</p><p><strong>3. Practicar pausas pequeñas y conscientes.</strong><br>No todo descanso implica vacaciones largas. A veces son momentos breves sin pantalla, respiraciones profundas o caminar unos minutos al aire libre. El cuerpo aprende que la pausa es segura cuando se vuelve frecuente.</p><p><strong>4. Escuchar al cuerpo antes de que grite.</strong><br>El cansancio leve es una invitación; el agotamiento extremo suele ser una consecuencia de no haber atendido las señales anteriores.</p><p><strong>5. Recordar que el valor no depende del rendimiento.</strong><br>Tu dignidad no aumenta ni disminuye según cuánto produces. Descansar no necesita justificarse con logros.</p><p>Descansar es una necesidad básica, no un lujo ni un premio. Es una forma de sostener la vida, no de interrumpirla. Quizá el desafío no sea aprender a descansar, sino desaprender la idea de que primero hay que merecerlo.</p><p>Tal vez podamos empezar a mirar el descanso como miramos el agua: algo que el cuerpo necesita para seguir viviendo. No se gana. No se negocia. No se justifica.</p><p>El descanso no es una pausa en la vida. Es parte de ella. Es el espacio donde el cuerpo se reorganiza, donde la mente integra, donde el corazón baja la guardia. Es el lugar donde recuperamos fuerzas para seguir habitando nuestra historia.</p><p>Y quizá, cuando dejemos de preguntarnos si merecemos descansar, algo más profundo se acomode: la certeza de que existir ya es suficiente.</p><blockquote><p><i>Este artículo se apoya en aportes de la neurociencia, la psicología y la terapia narrativa (Siegel, 2012; Sapolsky, 2004; White &amp; Epston, 1990; Gilbert, 2009; Neff, 2011).</i></p></blockquote>

No todas las personas empiezan el año con alegría. -Y eso está bien-
Maribel Z.
15.01.2026
No todas las personas empiezan el año con alegría. -Y eso está bien-

<p>El inicio de un nuevo año suele venir acompañado de mensajes de entusiasmo, esperanza y renovación. En conversaciones cotidianas, redes sociales y espacios laborales aparece con fuerza la idea de “empezar bien”, de fijar metas, de sentirse motivadas y agradecidas por lo que viene. Para algunas personas, este discurso coincide con su experiencia interna: sienten energía, ilusión o ganas genuinas de comenzar una nueva etapa. Sin embargo, para muchas otras, el cambio de calendario llega en medio de cansancio, dolor, incertidumbre o duelo. Y esa vivencia también es válida.</p><p>No todas las personas llegan a enero desde el mismo lugar. Hay quienes están atravesando pérdidas recientes, separaciones, enfermedades propias o de personas cercanas, dificultades económicas, conflictos familiares o un profundo agotamiento emocional acumulado. En esos casos, la invitación constante a “empezar con todo” puede sentirse distante, ajena o incluso violenta. No porque falte gratitud o voluntad, sino porque el cuerpo y la mente están ocupados sosteniendo algo que duele o que todavía no encuentra acomodo.</p><p>Nuestro cerebro y nuestro sistema emocional no funcionan a partir de fechas simbólicas, sino de procesos. El inicio de un año no borra automáticamente lo vivido ni reinicia la experiencia interna. Cuando una persona está atravesando una situación compleja, su sistema suele priorizar la supervivencia, la protección o el descanso. En ese contexto, pedir entusiasmo inmediato no solo es poco realista, sino profundamente injusto. El cuerpo no entiende de propósitos cuando está intentando sostenerse.</p><p>A esto se suma una presión social —a veces sutil, a veces explícita— por “estar bien” al inicio del año. Esta presión puede generar culpa en quienes no logran sentirse felices, motivadas o esperanzadas. Aparecen pensamientos como “algo está mal conmigo”, “debería sentirme diferente” o “no estoy aprovechando la oportunidad de empezar de nuevo”. Sin embargo, no poder conectar con la alegría en este momento no es un defecto personal; suele ser una respuesta coherente a la historia que se está viviendo.</p><p>Cada persona tiene su propio ritmo, aunque pocas veces se nos permita escucharlo. Hay procesos que requieren pausa, otros necesitan tiempo para elaborarse y algunos simplemente no están listos para convertirse en metas o aprendizajes. Forzarse a “estar bien” antes de tiempo no acelera el proceso; muchas veces lo interrumpe o lo vuelve más doloroso. Respetar el propio ritmo no es rendirse, es una forma profunda de autocuidado y honestidad emocional.</p><p>Iniciar no siempre significa arrancar con energía. A veces iniciar es algo mucho más pequeño y silencioso: levantarse de la cama, cumplir con lo mínimo, pedir ayuda o permitirse no tener claridad. Otras veces, iniciar ocurre meses después, cuando algo interno se acomoda y abre espacio para pensar distinto. El derecho a iniciar cuando sea un buen momento también es el derecho a no hacerlo cuando aún no lo es.</p><p>En el trabajo terapéutico he visto cómo muchas personas llegan sintiéndose fuera de lugar porque no encajan con la narrativa del “nuevo año, nueva vida”. Se comparan, se juzgan y se exigen sentir algo que no está disponible. Cuando encuentran un espacio donde su experiencia es validada, donde no se les empuja a mirar el futuro si todavía necesitan sostener el presente, algo comienza a aflojarse. Nombrar el cansancio, el duelo o la confusión suele ser el primer movimiento genuino de cambio, aunque no se parezca al que socialmente se celebra.</p><p>Tal vez este inicio de año no se siente como un comienzo. Tal vez se parece más a un cierre, a una pausa o a un tiempo de resistencia. Eso no te deja fuera de nada. Escuchar lo que realmente necesitas —y no lo que se espera que sientas— puede ser una forma mucho más respetuosa de acompañarte.</p><p>No todas las personas empiezan el año con alegría. Algunas empiezan con cuidado, con silencio, con preguntas o simplemente sobreviviendo. Todas esas formas también cuentan. Y todas merecen respeto.</p>

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