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Ramón  Esparza Díaz

Ramón E.

  • Psicólogo clínico

Experiencia: 

16 años

Idioma: 

ES

Certificados: 

2

Solicitó: 

Administración

Distrito: 

Pacífico

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No trabajo con:
Enfoque sensible a la religión
¿En qué puedo ayudar?

cualquier situación que requiera acompañamiento psicologico y emocional ya sea individual, de pareja o familiar.

Acepto aquí

Dirección Calle Ignacio Ramírez

Distrito Pacífico

Enfoques y métodos en los que trabajo:

Comprometido en el acompañamiento psicologico, apasionado de la prevención, con más de diez años de experiencia en terapia psicologica.

El acompañamiento psicológico se aplica en todo momento hasta lograr el cambio o solución de situaciones emocionales

me ha hecho mejor persona, más empático, asertivo, consciente de la problemática social presente y futura.

Los problemas no tienen día ni horario, pero si solución

Adquirir más conocimientos

Instituto de estudios superiores y formación humana, Universidad Autonoma de Chihuahua y otros en web.

Maestro
Instituto de Estudios Superiores y Formación Humana
2017
Maestría
13 de septiembre de 2023

mediacion, construye T, asertividad, Nom035, las 5 "S", trabajo en equipo, primeros auxilios psicologicos.

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Artículos del psicólogo
2
Indicadores del suicidio
Ramón E.
29.09.2024
Indicadores del suicidio

<p>Es el contexto, algo tan relativo o tan importante a la hora de preguntar aquello que surge en un suicidio; ¿Por qué lo hizo?, ¿Qué lo orilló?, ¿En qué estaba pensando?, tantas y tantas preguntas que pueden aparecer, es por eso que el contexto sobresale de toda explicación que seguramente debe haber ante un acto suicida consumado o fallido.</p><p>Nunca se está preparado para “vivir” de cerca la experiencia del suicidio, ya sea de un familiar o un amigo.</p><p>Una de las premisas que se puntualizó en la clase impartida por la MTF Norma Sandra García Urquiza, de quien me lleve una grata impresión, es que: “hay varios indicadores en la conducta del suicida que nos señalan la posibilidad de que se pueda cometer el suicidio”. Sin embargo pienso que para poder detectar esos indicadores, es necesaria la agudeza visual y auditiva que la experiencia nos puede otorgar, ya que en mi opinión, es muy delgada la línea que diferencia la intensión suicida de un momento de depresión, con esto no quiero decir que sean dos cosas opuestas, pues la depresión es factor para el suicidio, pero quien comete suicidio no lo hace por una sola cosa, debe haber varios factores para que se detone “eso” que hace a las personas cometer el suicidio.&nbsp;</p><p>Cuando se está cerca de la experiencia del suicidio uno se cuestiona aún cuando los libros muestren los cómo y porqué del suicidio. Esta es mi experiencia:</p><p>Héctor era un joven de los que se pueden describir en los ideales de toda chica, alegre, guapo, de buen gusto en el vestir, de familia posicionada socialmente, en una palabra, el príncipe azul alma de las fiestas. Héctor tenía infinidad de sueños y proyectos, mismos que compartía con su novia, una joven de bello rostro y figura de Venus, todo parecía que lograrían formalizar su relación hasta un día en que presencié una discusión entre ellos, donde las agresiones verbales enturbiaron el ambiente; cada uno, como era de esperarse, se retiró a donde su familia, una vez que Héctor recupero la serenidad me confió que aquella discusión fue provocada por la noticia de que mi amigo se iría a Monterrey donde continuaría sus estudios y después de un año es cuándo volvería, por lo que su novia reaccionó en evidente desacuerdo, por varias semanas, hasta el día de su partida, no tuvieron contacto, ninguno cedía, “el ego o el amor propio era demasiado grande para tal humillación”. Cierta noche, en la discoteca donde trabajaba, entre la muchedumbre, fue inevitable percatarme de la presencia de la novia de Héctor, la vi sonriente, divertida; la vi dispuesta a recibir los mimos y las caricias de su acompañante…sabía que Héctor llegaría en cualquier momento…algo que no pode evitar; no sé si fue más incomodo para mí o para ellos pero sucedió. Los días siguientes nadie toco el tema, hacíamos como si todo fuese normal, hasta que el momento de la partida de Héctor llegó y lo despedimos como los jóvenes suelen despedir al mejor amigo.</p><p>Los días transcurrieron, cada quien continuo con su vida, (que paradoja), la noticia de que Héctor se había suicidado llegó como llega toda noticia que no se espera. Se colgó en las escaleras del departamento que compartía con otros estudiantes de la carrera que cursaba en el Tec de Monterrey, fue todo lo que supe, sin embargo, las preguntas que invadieron mi cabeza hicieron que los días siguientes buscara las respuestas a ellas. Poco a poco me di cuenta de que no conocía realmente a mi amigo, cuando entre por primera vez en su casa, descubrí que prácticamente vivía solo, que era huérfano y que quien se hacía cargo de él era su abuela, una mujer “de sociedad” que pasaba los días entre reuniones y viajes, Héctor contaba con una tarjeta en donde le depositaba mes a mes dinero para sus gastos, creció sin una identidad paterna, sin más reglas que las propias, me di cuenta que al irse a Monterrey Héctor quedo en total y absoluta soledad y que al haber tomado la decisión de ahorcarse fue para dar fin a esa soledad.</p><p>Hoy entiendo que hubo señales que pude haber visto tiempo atrás, que si solo hubiera puesto atención a la forma de convivencia de Héctor, trasnochado, fiestero, apegado a la relación con su única novia, y de amplios gustos materiales; cosas que aparentemente hacen los jóvenes que apenas rebasan los veinte, pero que aunado a la ausencia de información simple como la familia, Héctor nunca habló de hermanos, mucho menos de sus padres, todo se centraba en diversión y “disfrutar” la vida, quizás hubiera podido evitar tan lamentable noticia.</p><p>Ahora que repaso mi memoria, encuentro que Héctor pocas veces sonreía, era de hablar serio, firme, que ese traje que solía usar con desmedida frecuencia no era por que fuera su favorito sino por el desgano de tener que elegir en su guardarropa, que el comer diariamente en restaurantes era para estar con “alguien”, y que ser el alma de las fiestas era para sentir que le importaba a los demás, descubrí que nosotros sus amigos, éramos su única familia.</p><p>Hoy entiendo eso que menciono la maestra en clase: “los motivos por los que te quieres morir, son los mismos motivos por los que quiere vivir”, si tan solo hubiera sabido, ayudaría a Héctor para que regresara con sus amigos, a eso que lo hacía sobresalir en las reuniones, en los antros, le haría ver que nosotros éramos su familia y que no estaba solo.</p><p>Debemos dejar los falsos prejuicios para preguntar por todo aquello que tenemos frente a nosotros y que están fuera de lo razonable por más mínimos que sean los detalles, es entonces que el contexto adquiere ese valor que cada terapeuta, psicólogo, o persona cercana le puede dar.&nbsp;</p>

Síndrome de burnout
Ramón E.
14.05.2024
Síndrome de burnout

<p><strong>Es una realidad que el desgano, la apatía, el rechazo o el desinterés, se apoderan de uno cuando se sufre el síndrome de Burnout.</strong></p><p><strong>Hay ocasiones en las que siento rechazo hacia un paciente, sé que debo ser profesional, pero la sola idea, cuando veo el reloj y se acerca la hora en que debo recibirle, me surge ese sentimiento. Son esas veces en que la energía es “consumida” por el paciente, por su historia, su narrativa, sus expresiones..., de esas veces que producen un efecto agotador y desgastante al estar frente a esta persona.&nbsp;</strong></p><p><strong>Otras veces, en casa, no tengo ánimo para hablar, estoy “susceptible” a cualquier queja ya sea de mi pareja o de cualquiera de mis hijos; me muestro irritable, eventualmente con manifestaciones psicosomáticas transformadas en resfriado, o una “maravillosa” y torturadora jaqueca; termino magnificando trivialidades, que pudieron resolverse con el simple hecho de dejarlas pasar.</strong></p><p><strong>Y, es que se me olvida que también soy una persona con los mismos problemas que cualquiera, con necesidades primarias de vida como todos, que requiero comer, dormir, beber, DESCANSAR. Olvido que también debo hacer consciencia de que cada consulta requiere de una atención y una energía, y que en la gran mayoría de los casos, distan unas de otras.</strong></p><p><strong>Una de las múltiples frases que escuche en clase, y que me movió es: “</strong><i><strong>buscamos alternativas para justificarnos del por qué nos sentimos tan mal”</strong></i><strong>, ¡verdad más verdadera he escuchado!, ha sido tan acertada como el sonido del metal moneda cayendo dentro de la alcancía; desarrollamos esa “actitud” a tal grado que se vuelve un hábito,&nbsp; ponemos peros a casi todo, aun cuando lo vemos a centímetros de nuestros ojos.</strong></p><p><strong>Recuerdo un caso de una paciente que llegó a mí con una aparente “depresión”; a esta paciente le conocí tiempo atrás pues ya había tenido otras entrevistas con ella; las ocasiones pasadas se había mostrado relajada, participadora, dispuesta al proceso que se le dictara, jovial. Esta vez, era lo opuesto: un lenguaje corporal “enconchado”, con la mirada baja y esquiva, unas pocas de lágrimas, algunos monosílabos y largos silencios.</strong></p><p><strong>Ante este panorama me surgió la pregunta: ¿Qué más debo hacer?</strong></p><p><strong>Comencé a sentirme como en un juego de beisbol, donde yo era la bola y ella el bat, y cada pregunta, era igual al movimiento de bateo, entonces mi propósito era pocharla pero entre más me esforzaba, ella más me bateaba…, y sabia que si me equivocaba, la bola saldría de home run.</strong></p><p><strong>Sin darme cuenta, poco a poco se fue apoderando de mi un sentimiento de desesperación, eso provocaba que me costara más trabajo hacer los planteamientos y fui perdiendo el poder de observación pues estaba más enfocado en cómo “poncharla” y no en lo que debería ser. En algún momento, no preciso cual, pero estoy consciente de que tuve el impulso de “terminar” de manera abrupta y tajante la consulta,… ella estaba ganando el juego.</strong></p><p><strong>Para cuando me di cuenta de que estaba dejando de importarme el motivo por el cual fue una vez más a mí, que pensaba más en el momento en que llegaría la manecilla de reloj a la hora de terminar; el síndrome de burnout había hecho presa de este ser ignorante y falto de humildad que se auto nombra “su servidor”.</strong></p><p><strong>Después de un rato, del que no puedo decir con precisión la cantidad de minutos transcurridos, pero puedo afirmar, lo agónico y tedioso que fueron esos instantes,..&nbsp; Solo podía pensar en el tic tac del reloj que alimentaba segundo a segundo el deseo de acabar de una u otra forma con este suplicio; mis oídos se fueron cerrando a esos monosílabos depresivos y al ocasional gimoteo de la paciente. La mirada, a veces temblorosa, luchaba por permanecer en algún punto del rostro de ella, y en cada parpadeo, pasaba del hastío a la frustración, del enfado al enojo, de la apatía al rechazo… Aun no me daba cuenta de que estaba quemado.</strong></p><p><strong>Fue entonces, que con un reflejo involuntario, tomé una gran bocanada de aire, haciendo que mis pulmones protestaran del sorpresivo esfuerzo, como si fuera un autómata, cambié mi postura acomodándome en el sillón y me hice la pregunta: ¿Por qué estoy así?</strong></p><p><strong>En mi mente pasaron cientos de proyecciones rebobinadas, de diversas escenas en mi vida, sin aparente coherencia, como si en ello no hubiera la respuesta a esa pregunta; podría apostar que yo estaba perdiendo la cabeza, más no fue así, me di cuenta que ese rechazo, del cual no era responsable mi paciente, estaba siendo utilizado so pretexto de las cargas laborales, del exceso de compromisos y las relaciones ácidas en las que me había involucrado; era cuestión de una simple y modesta decisión…¡debo cambiar!.</strong></p><p><strong>Revise rápida y mentalmente situaciones similares en las que yo estuviera “bien”, esas entrevistas que había disfrutado por la forma en que fueron desarrolladas, y encontré que en aquellas ocasiones me había protegido inintencionalmente. Pareciera que portara un escudo mágico que evitaba fuera afectado por los embates del estrés, el agotamiento mental, el hastío, el cansancio físico, y muchas otras cosas. Ese escudo hacia que los problemas y dolores de mis pacientes fueran destruidos y desechados cuales pañuelos con fluido nasal. Entonces, mis conductos auditivos se abrieron de nuevo, comencé a escuchar, las pupilas de mis ojos muy seguramente se dilataron con la cantidad de luz que percibieron, mi mente se aclaró; puse más atención a las posturas corporales de mi paciente dando lectura acompañada de esos monosílabos que antes rechazaba y que ahora valoraba. La empoderé, le hice ver que su problema tenía solución y que esa solución estaba al alcance de su mano, entonces, esbozó un sonrisa que para mí ya era conocida, logré terminar la consulta, pochando al bateador contrario sin hit, ni carrera. Pero la diferencia es que aquí no hubo un solo ganador…</strong></p><p><strong>¡Ambos ganamos!.</strong></p><p><strong>Ella como paciente, encontró la respuesta a eso que le hizo ir a terapia,</strong></p><p><strong>Y yo,… la forma de evitar el síndrome del Burnout.</strong></p>

Preguntas y respuestas

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Pueden ayudar los siguientes aspectos:
- Foto y videopresentación. Ayudan a tener una primera impresión.
- Temas con los que trabaja/no trabaja el psicólogo y su formación. Para entender de antemano si tiene experiencia en tus temas.
- Formato de trabajo. Online u offline, ciudad, barrio, calendario: todo para tu comodidad.
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- Sensaciones. Escucha tu reacción interna al perfil: simpatía, confianza, curiosidad, tu intuición; eso también es un criterio importante.
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Recomendamos que discuta este asunto con su psicólogo. Los psicólogos tienen su propia política respecto a la cancelación o reprogramación de sesiones. La opción más común es la posibilidad de recibir un reembolso o reprogramar la sesión sin costo adicional, siempre que haya notificado los cambios al menos 24 horas antes de la sesión. Si la sesión ya se realizó o notificó la cancelación con menos de 24 horas de antelación, normalmente no se realiza el reembolso. Esta es una práctica estándar en el sector, que le da al psicólogo suficiente tiempo para ajustar su agenda y, posiblemente, ofrecer ese horario a otro cliente que lo necesite.

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