Reflexión teórico-clínica sobre la familia como institución primaria.
La familia constituye, desde tiempos inmemoriales, la primera institución social y el espacio primordial de inscripción subjetiva. Si bien su forma, composición y organización se han transformado a lo largo del tiempo, su función estructurante en la constitución psíquica de los sujetos permanece. Los cambios socioculturales han dado lugar a múltiples modelos familiares, imposibilitando una definición unívoca de “familia” y obligando a pensarla como una construcción histórica y dinámica.
Más allá de la diversidad de configuraciones familiares, existe un consenso psicosocial en torno a ciertas funciones básicas: proteger y cuidar a los niños, favorecer su crecimiento y desarrollo, ofrecer un marco de afecto y sostén emocional, posibilitar la socialización y la inscripción de límites, así como facilitar la apertura progresiva hacia otros lazos sociales. Estas funciones no se reducen a la satisfacción de necesidades materiales, sino que implican la construcción de un entorno simbólico que permita al niño reconocerse como sujeto diferenciado.
Cada familia desarrolla un modo de funcionamiento singular, condicionado por su historia, sus recursos y sus límites. Este modo merece, en principio, respeto. Sin embargo, dicho respeto encuentra un límite cuando el bienestar psíquico y el desarrollo de los niños se ven comprometidos. No se trata de discutir valores ni estilos de crianza, sino de intervenir cuando emerge una situación de riesgo. La violencia y el abandono emocional dejan marcas profundas en el aparato psíquico, afectando el desarrollo emocional, la capacidad de aprendizaje, la construcción de vínculos y la posibilidad de simbolizar la experiencia.
La Organización Mundial de la Salud define el maltrato infantil como cualquier acción u omisión que vulnere los derechos de niños y adolescentes y afecte su salud, supervivencia o desarrollo. Esta definición permite pensar la violencia intrafamiliar no solo en sus formas explícitas, sino también en aquellas más sutiles y naturalizadas, que operan silenciosamente sobre la subjetividad.
La violencia intrafamiliar constituye una problemática compleja y multicausal, atravesada por dimensiones sociales, culturales, económicas, familiares e individuales. Su abordaje requiere una mirada integral y articulada, así como el trabajo interdisciplinario y en red. No puede pensarse como un fenómeno aislado ni reducido a conductas individuales, sino como el resultado de tramas vinculares y discursivas que se transmiten de generación en generación.
Desde una perspectiva psicoanalítica, los síntomas en la infancia no se comprenden como fallas individuales del niño, sino como manifestaciones de conflictos que exceden su singularidad. Como plantea Lacan, el síntoma del niño responde a lo que hay de sintomático en la estructura familiar. En este sentido, el niño puede ocupar el lugar de portavoz de aquello que no logra ser simbolizado en el seno familiar.
Piera Aulagnier distingue entre una violencia primaria, constitutiva y necesaria, mediante la cual el adulto introduce al niño en el mundo simbólico, y una violencia secundaria, excesiva y perjudicial, que avasalla al Yo e impide la constitución subjetiva. Cuando la violencia secundaria predomina, ya sea a través del abuso, la desmentida, el exceso de goce o la falta de límites, el niño queda reducido al lugar de objeto del Otro, dificultando la inscripción de su propio deseo.
La transmisión intergeneracional de la violencia se sostiene, muchas veces, a través de vínculos donde el abuso de poder y la desigualdad se encuentran naturalizados. Estos circuitos repetitivos tienden a perpetuarse cuando no existen espacios de elaboración simbólica que permitan historizar la experiencia y producir un corte con lo heredado. La violencia, en sus distintas formas, no solo afecta a quien la padece directamente, sino que deja huellas que se inscriben en los modos de vincularse futuros.
La pandemia por COVID-19 visibilizó y exacerbó esta problemática a nivel global. El confinamiento, la incertidumbre, el estrés económico y el debilitamiento de redes de apoyo incrementaron las situaciones de violencia intrafamiliar, al mismo tiempo que dificultaron el acceso a dispositivos de ayuda. Diversos organismos internacionales han señalado este fenómeno como una “pandemia silenciosa”, subrayando la necesidad de fortalecer políticas públicas y dispositivos de prevención y asistencia.
Desde la práctica clínica, resulta fundamental contar con una escucha atenta a estas tramas vinculares, capaz de alojar el malestar sin reducirlo a categorías simplificadoras. La intervención temprana y el acompañamiento de procesos subjetivos permiten no solo aliviar el sufrimiento actual, sino también abrir la posibilidad de interrumpir la transmisión de la violencia.
La clínica con familias y con adultos atravesados por estas historias no se orienta a ofrecer soluciones estandarizadas, sino a habilitar un espacio donde la palabra pueda sustituir al acto, donde lo no dicho encuentre un lugar de elaboración y donde sea posible construir nuevas formas de lazo. Pensar la violencia en el entramado familiar implica, entonces, una responsabilidad ética: la de sostener una práctica que cuide, proteja y posibilite otros destinos para las generaciones futuras.
Bibliografía
Aulagnier, P. La violencia de la interpretación.
Flesler, A. La familia y las repeticiones.
Bringotti, M. I. Las familias en situación de riesgo.
Organización Mundial de la Salud. Maltrato infantil.
Naciones Unidas. Informes sobre violencia intrafamiliar y COVID-19.
Autora:
Lic. Macarena Deriu – Psicóloga Clínica
Práctica clínica con adultos, parejas y familias.
Trabajo en perinatalidad y acompañamiento en lactancia.
Atención online y presencial.