A veces el cuerpo no entiende que el peligro ya pasó. Permanece en alerta, tenso, preparado para algo que nunca llega. Este texto es un recordatorio de que también se puede aprender a descansar, a confiar de nuevo en la calma y a soltar la necesidad de sobrevivir todo el tiempo.
Hay cuerpos que nunca descansan del todo. Mentes que analizan cada detalle, gestos que se tensan sin aviso, respiraciones que se quedan a medio camino.
No es falta de voluntad ni “nerviosismo”: es un sistema que aprendió a sobrevivir, incluso cuando ya no hay nada de qué defenderse.
A veces, el cuerpo no sabe que la tormenta terminó.
Quizá creciste en un entorno donde tenías que estar atento para no equivocarte, donde la paz duraba poco o dependía del ánimo de alguien más. O tal vez viviste tanto tiempo resolviendo crisis, cuidando a otros o conteniéndote, que ahora te cuesta apagar la alarma interna.
Esa sensación de no poder relajarte, de mantener la mente en guardia, de pensar que algo puede salir mal en cualquier momento, no es flojera emocional ni fragilidad. Es el reflejo de una historia que enseñó al cuerpo a sobrevivir, no a descansar.
🕊️ La calma como territorio desconocido
Para algunas personas, el silencio resulta incómodo. La calma se siente rara, incluso amenazante.
Después de tanto tiempo viviendo en tensión, el cuerpo puede confundir el bienestar con una pausa sospechosa.
El corazón late más lento, pero la mente se inquieta: “¿Y si algo pasa?”, “¿y si me relajo demasiado?”, “¿y si lo arruino todo?”.
No es que busques el caos, es que el caos fue durante mucho tiempo la forma más familiar de estar a salvo.
Esa contradicción interna —querer paz, pero desconfiar de ella— puede generar culpa, irritabilidad o cansancio profundo. No se trata solo de pensamientos, sino de memorias corporales que aún no han recibido la señal de “ya puedes soltar”.
💭 Lo que pasa dentro
Vivir en alerta constante desgasta.
No solo roba energía, también altera la forma en que percibes el mundo.
Te vuelves más sensible a los tonos de voz, a los gestos, a los mensajes sin responder. Te descubres repasando conversaciones, imaginando posibles reacciones o preparándote para resolver algo que todavía no ocurre.
No lo haces porque quieras tener el control, sino porque temes perder la seguridad.
Tu mente intenta anticiparse a todo lo que podría doler.
Tu cuerpo solo intenta protegerte.
Y sin embargo, ese mismo intento de control termina impidiendo el descanso que tanto necesitas.
Te mantiene alerta incluso en los momentos que podrían ser tranquilos.
🌿 Aprender a bajar la guardia
Salir de la hiperalerta no se trata de “relajarte” o “pensar positivo”.
Se trata de enseñarle al cuerpo que puede confiar otra vez.
Y eso se logra poco a poco: con presencia, con ternura, con paciencia.
Hay gestos pequeños que pueden ayudarte a empezar:
El descanso no llega de golpe, se entrena.
A veces empieza por un instante: un suspiro más largo, un hombro que baja, un pensamiento que no necesita respuesta.
💬 Lo que mereces no es solo sobrevivir
Hay un momento en el proceso en que entiendes que la calma no es aburrida ni peligrosa.
Es simplemente nueva.
Tu cuerpo puede aprender que no todo lo que se mueve es una amenaza. Que el silencio no siempre anticipa algo malo. Que descansar no es rendirse.
No tienes que ganarte el derecho a estar en paz.
Ya lo tienes.
Y aunque al principio te cueste creerlo, el cuerpo también puede desaprender la alarma.
🌱 La serenidad no se fuerza: se construye paso a paso, con amabilidad.
Y si hoy sientes que tu cuerpo sigue en alerta, recuerda que no estás solo en esto.
A veces, lo que más sana no es entenderlo todo, sino permitirte sentirte a salvo por primera vez.
🕊️ Aprender a vivir con calma también se entrena.
Miriam Morales | Psicóloga clínica y pedagoga Agenda tu sesión.